
El asesinato de Jean Claude Bossard no solo representa una trágica pérdida, sino que también funciona como un catalizador del descontento ciudadano frente a la inseguridad. El caso evidencia fallas en la prevención del delito, a pesar de las alertas previas de la comunidad, y plantea serios interrogantes sobre la efectividad del sistema de justicia juvenil y la capacidad del Estado para proteger la vida de sus ciudadanos.










