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Centro de Desarrollo Empresarial de Nariño alcanza resultados destacables y se posiciona entre los cinco primeros del país

En más de dos décadas, el Centro de Desarrollo Empresarial del SENA Regional Nariño logró uno de sus mejores desempeños, financiando 154 iniciativas empresariales, generando 462 empleos potenciales y alcanzando el quinto lugar a nivel nacional en número de proyectos apoyados.Gracias al trabajo articulado del equipo de orientadores de emprendimiento del SENA Regional Nariño, el Centro de Desarrollo Empresarial obtuvo resultados sin precedentes en la financiación y fortalecimiento de iniciativas empresariales, impactando de manera significativa el desarrollo productivo del departamento.“Es muy satisfactorio comentar que, gracias al trabajo de los orientadores de emprendimiento del SENA en Pasto, Tumaco e Ipiales, logramos la financiación de 154 iniciativas empresariales, con 462 empleos potenciales y una asignación de recursos por $17.376 millones, destinados a diferentes municipios del departamento de Nariño”, afirmó Diana Cristina Fuertes, líder regional de Emprendimiento del SENA.Durante la vigencia, el Centro Regional beneficio a 37 municipios, lo que representa el 58 % del territorio departamental, a través de convocatorias como Economía Campesina, Multisectorial, Emprendimiento Femenino, Jóvenes Emprendedores, Víctimas y Población Vulnerable, municipios PDET, comunidades indígenas, industrias culturales, creativas y ancestrales, así como pesca artesanal.“En formulación de proyectos, hemos acompañado en la estructuración de 355 planes de negocio, de los cuales 267 fueron declarados viables, alcanzando un porcentaje de efectividad del 82 %. Los sectores priorizados correspondieron en un 47 % al sector agropecuario, 22 % al industrial, 19 % al comercio y 12 % al sector servicios”, añadió la líder regional de Centro.Uno de los logros más destacados fue la Convocatoria Pacífico, que benefició a los municipios de La Tola, Mosquera, Olaya Herrera, El Charco y Santa Bárbara, con la aprobación de 33 iniciativas empresariales y una asignación de recursos por $5.094 millones; asimismo, del total de iniciativas financiadas, el 71 % correspondió a emprendimientos individuales, el 16 % a iniciativas asociativas en línea Crear y el 13 % a procesos de fortalecimiento empresarial, tanto individuales como asociativos.De cara a 2026, el SENA anunció que los emprendedores podrán iniciar la ruta de emprendimiento, que comprende orientación, ideación, validación y formulación de planes de negocio antes de postularse a convocatorias. El 70 % de los recursos se destinará a iniciativas asociativas de mínimo cinco integrantes, enfocadas en economía campesina y popular. El 30 % restante financiará iniciativas individuales que cumplan los requisitos de formación.Desde el Centro de Desarrollo Empresarial de Nariño se envía un mensaje de fin de año a la comunidad y a las instituciones aliadas. La entidad extiende sus deseos de muchos éxitos y bendiciones en esta época navideña y en el año venidero. Que este sea un tiempo de prosperidad, salud, esperanza y paz para todo el departamento.OFICINA DE COMUNICACIONES REGIONAL NARIÑO

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El Escudo de la Mañana (Salmo 91) guiado

"Hoy me levanto en la presencia del Altísimo. Antes de que el mundo comience su ruido, decido establecer un cerco de protección sobre mi vida, mi casa y mi familia. No caminamos solos; caminamos bajo la sombra del Omnipotente." Ahora, haremos  La Declaración de Fe (Respira profundo y visualiza a tus seres queridos) "Padre, hoy declaro que Tú eres nuestro refugio y nuestra fortaleza. Mi Dios, en quien confío. Así como el sol sale para iluminar el día, Tu fidelidad sale hoy para rodear a mi familia. No importa los desafíos que traigan estas horas, nuestra confianza está anclada en Ti." Ahora,  El Salmo 91 (Adaptado para la Familia) Protección del Peligro: "Tú nos libras del lazo del cazador y de la peste destructora. Con tus plumas nos cubres, y debajo de tus alas hallamos refugio. Tu verdad es nuestro escudo y nuestra muralla." Paz Mental: "No temeremos el terror nocturno, ni la saeta que vuele de día, ni la pestilencia que ande en la oscuridad. Aunque mil caigan a nuestro lado y diez mil a nuestra diestra, a mi familia no llegará el mal." Orden Angelical: "Porque has puesto al Señor por tu habitación, no te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará acerca de nosotros, para que nos guarden en todos nuestros caminos." Ahora, realizaremos la Activación del Escudo (Imagina a cada miembro de tu familia saliendo a sus labores protegidos por una luz) "En este momento, activo este escudo sobre: Nuestras entradas y salidas: Que la paz guarde la puerta de nuestro hogar. Nuestras mentes: Que ningún pensamiento de temor o ansiedad prospere hoy. Nuestros pasos: Que cada lugar que pise el pie de mis hijos, mi pareja y el mío, esté bajo Tu jurisdicción." "Termino esta oración sabiendo que Tu palabra no vuelve vacía. Me has dicho: 'Me invocará, y yo le responderé; con él estaré yo en la angustia; lo libraré y le glorificaré'. Gracias por el escudo que nos rodea. Salimos con victoria, regresaremos con bien. Amén."  Nota: La fuerza de este salmo no está solo en las palabras, sino en la certeza con la que las dices. Hazlo parte de tu rutina diaria para cultivar un ambiente de seguridad emocional y espiritual.

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Oración de la MAÑANA para EMPEZAR el día con la BENDICIÓN de Dios (PODEROSA)

"Bienvenido a tu canal 'Oración y Confianza'. Antes de que los ruidos del mundo llenen tu mente, detente un momento. Si estás viendo este video, Dios tiene una palabra de victoria para ti hoy. Quédate hasta el final de esta oración, porque vamos a declarar que las puertas que estaban cerradas se abren hoy mismo por Su bendición. No es coincidencia que estés aquí, es una cita divina." Se trata de una oración de la MAÑANA para EMPEZAR el día con la BENDICIÓN de Dios que es muy Poderosa, la cual es la siguiente: "Amado Padre Celestial, en esta mañana me presento ante Ti con un corazón humilde y agradecido. Gracias por el regalo de la vida, por el aire que respiro y por la oportunidad de comenzar de nuevo. Señor, hoy entrego este día en Tus manos. Reconozco que sin Ti nada soy, pero contigo todo lo puedo. Te pido que Tu Espíritu Santo guíe mis pasos, mis palabras y mis pensamientos. Que cada decisión que tome hoy esté alineada con Tu voluntad perfecta. Bendice mis manos, para que todo lo que toque prospere. Bendice mis pies, para que me lleven por caminos de paz y justicia. Bendice mi mente, para que esté llena de optimismo y sabiduría divina. Padre, pongo ante Ti mis preocupaciones, mis deudas y mis miedos. Declaro que hoy Tu favor me rodea como un escudo. Si hay gigantes en mi camino, sé que Tú peleas por mí. Si hay puertas cerradas, creo que Tu mano poderosa las abrirá en el momento exacto. Bendice también a mi familia, a mis seres queridos y a cada persona que escucha esta oración. Que Tu paz, que sobrepasa todo entendimiento, guarde nuestros corazones. Gracias, Señor, porque sé que ya estás obrando. En el nombre poderoso de Jesús, Amén." "Si recibes esta bendición, escribe la palabra 'AMÉN' en los comentarios y comparte esta oración con alguien que necesite un mensaje de esperanza hoy. No olvides suscribirte para que cada mañana podamos orar juntos. Que la paz de Dios te acompañe en este día. ¡Bendiciones!"

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Oración para bendecir a los hijos

Oración para bendecir a los hijosSeñor Dios, Padre tierno y misericordioso, hoy me presento ante Ti con un corazón lleno de amor y esperanza para pedir tu bendición sobre mis hijos. Tú, que los conoces desde antes de su nacimiento, que los viste formarse en el vientre y los has acompañado en cada paso desde que respiraron por primera vez, vuelve tus ojos sobre ellos y cúbrelos con tu luz protectora. Te los entrego, Señor, no porque quiera desprenderme de ellos, sino porque sé que solo en tus manos están verdaderamente seguros. Bendice su mente, Señor, para que esté llena de sabiduría, claridad y discernimiento. Que piensen siempre en lo que es bueno, justo y verdadero. Protégelos de pensamientos de duda, de confusión y de desesperanza. Llénalos de confianza en sí mismos y de fe en tu presencia. Bendice su corazón para que sea fuerte, compasivo y sensible al sufrimiento ajeno. Que tu amor sea su raíz y su guía. Que aprendan a perdonar, a amar sin condiciones y a reconocer tu mano incluso en los momentos difíciles. Bendice sus pasos, Señor, para que nunca se alejen del camino de la luz. Acompáñalos en cada decisión, muéstrales la senda recta cuando se enfrenten a la oscuridad y dales fuerza cuando las tentaciones quieran desviarlos. Guarda sus vidas en el colegio, en el trabajo, en la casa, en la calle, con amigos y en todo lugar. Envía a tus ángeles para que los rodeen, los sostengan y los libren de todo peligro físico y espiritual. Bendice sus sueños, Señor, para que siempre estén guiados por la esperanza, la bondad y la verdad. Que no se conformen con lo poco cuando Tú quieres darles más. Que no renuncien a sus metas por miedo o inseguridad. Dale a cada uno la capacidad de descubrir sus talentos, de desarrollarlos y de ponerlos al servicio del bien. Te pido, Señor, que los cubras con tu sangre preciosa, que tu Espíritu Santo habite en ellos, que sus vidas sean reflejo de tu amor eterno. Sana cualquier herida emocional, cualquier recuerdo doloroso, cualquier inquietud que les robe la paz. Dales descanso cuando estén cansados, alegría cuando estén tristes, compañía cuando se sientan solos y claridad cuando se sientan perdidos. Señor, te pido también por mí, para que sea un buen guía para ellos. Dame sabiduría para educarlos, paciencia para escucharlos, amor para comprenderlos y fortaleza para acompañarlos incluso en los momentos más complejos. Que nunca me falte la humildad para reconocer mis errores y pedir perdón cuando sea necesario. Que sea para ellos un reflejo, aunque imperfecto, de tu amor eterno. Hoy los pongo bajo tu amparo, Señor. Bendice sus vidas, sus caminos, sus cuerpos, sus pensamientos, sus emociones y sus decisiones. Guárdalos hoy y siempre. Amén.

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El SENA recoce a emprendedores de Nariño por su compromiso y aporte al desarrollo productivo de la región.

98 emprendedores de distintos municipios de Nariño fueron reconocidos por el SENA tras acceder a recursos del Fondo Emprender, destinados a fortalecer proyectos empresariales de diversos sectores productivos.Con el objetivo de reconocer la perseverancia y el impacto de los emprendedores apoyados por el Fondo Emprender, el SENA Regional Nariño realizó una jornada de socialización y reconocimiento dirigida a beneficiarios de las convocatorias 2024, quienes iniciaron en 2025 la ejecución de recursos para la puesta en marcha de sus iniciativas empresariales.“Hoy nos reunimos para reconocer la pasión, resiliencia y disciplina de los emprendedores que han recorrido la ruta de emprendimiento y hoy se encuentran en fase de puesta en marcha. Son iniciativas de diversos sectores que lograron hacer realidad su sueño gracias a las convocatorias del Fondo Emprender”, explicó Diana Cristina Fuerte, líder regional de Emprendimiento del SENA.En el encuentro, se destacó el trabajo de 98 emprendedores, quienes recibieron una asignación de recursos por $8.305 millones, provenientes de diferentes líneas y convocatorias como Mujeres Multisectorial, PDET, economía campesina, economía rural, emprendimiento verde, entre otras. A la jornada asistieron cerca de 60 emprendedores, provenientes de distintos municipios del departamento y vinculados a los centros de formación de Lope e Ipiales.“Desde la universidad sabía que quería crear empresa y, tras dos intentos de postulación al Fondo Emprender, logré consolidar mi proyecto. Gracias al acompañamiento de los orientadores del SENA, hoy dirijo Blue Events, una empresa formal dedicada a la creación de eventos y publicidad digital innovadora. Este proceso ha sido exigente, pero muy gratificante, porque el Fondo Emprender no solo brinda recursos por un año, sino una oportunidad real para construir empresas” Afirmo Andrés Salas gerente de Blue Events Eventos y Publicidad SAS.El Centro de Desarrollo Empresarial de la regional brinda orientación permanente a los emprendedores a través de un equipo conformado por 21 profesionales comprometidos, quienes asesoran, capacitan y motivan en cada etapa del proceso. Su labor es fundamental para que los proyectos se consoliden y superen los retos propios creación de empresa.El SENA extiende una invitación a los emprendedores del departamento a participar en las próximas convocatorias del Fondo Emprender. Para 2026, el 70 % de los recursos estarán enfocados en proyectos asociativos, formales o informales, que cuenten con validación comercial y requieran capital semilla para fortalecer y escalar sus iniciativas empresariales.OFICINA DE COMUNICACIONES SENA NARIÑO

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Evangelio de Lucas: un mensaje de esperanza para quien se siente lejos de Dios

Evangelio según San Lucas, bien explicado con ejemplos y citasTe acercas al Evangelio de Lucas y, desde el primer momento, no te encuentras con un juez severo, sino con un médico del alma. Aquí, Jesús no solo enseña: se detiene, mira, escucha y toca las heridas que otros prefieren ignorar. Tú lees —o escuchas— y descubres que este relato fue escrito para que sepas que nadie está fuera del alcance de la misericordia de Dios. Desde el comienzo, Lucas te invita a contemplar a un Dios que entra en la historia humana con ternura. Un ángel anuncia esperanza a los humildes, y una joven llamada María proclama que Dios “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lucas 1:52). Tú entiendes que la misericordia no es una idea abstracta: es una fuerza que cambia destinos, que levanta a los pequeños y abraza a los olvidados. Cuando Jesús nace, no lo hace en un palacio, sino en la sencillez de un pesebre. Los primeros en escuchar la noticia no son reyes, sino pastores. Y tú percibes el mensaje con claridad: Dios se acerca primero a quienes el mundo deja al margen. “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador” (Lucas 2:11). No dice “para unos pocos”, sino para todos. A lo largo del camino, ves a Jesús crecer y luego caminar entre la gente común. Lucas te muestra a un Maestro que no pasa de largo ante el dolor. Cuando Jesús comienza su misión, proclama con firmeza: “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a dar buenas nuevas a los pobres, a proclamar libertad a los cautivos y vista a los ciegos” (Lucas 4:18). Tú comprendes que su mensaje no se queda en palabras: es compasión hecha acción. Jesús se acerca a los enfermos y los toca. Habla con los pecadores y come con ellos. No los humilla; los restaura. Cuando un leproso se arrodilla y suplica, Jesús no se aparta. “Quiero; sé limpio” (Lucas 5:13). Y tú descubres que la misericordia de Cristo no teme contaminarse, porque su amor sana todo lo que toca. En Lucas, cada encuentro revela un corazón profundamente compasivo. Ves a una viuda que llora la muerte de su único hijo, y Jesús se conmueve. “No llores”, le dice, antes de devolverle la vida al muchacho (Lucas 7:13-15). Tú sientes que este Jesús no es indiferente al sufrimiento humano; su misericordia nace del dolor compartido. También escuchas palabras que incomodan y consuelan a la vez. “Sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6:36). No es solo una enseñanza moral: es una invitación a vivir de otra manera. Tú te das cuenta de que Jesús no solo perdona, sino que te llama a reflejar ese perdón en tu propia vida. Mientras avanzas, el Evangelio de Lucas va preparando tu corazón. Te muestra a un Salvador que busca a los perdidos, que se alegra más por uno que regresa que por muchos que creen no necesitar perdón. Tú comienzas a entender que esta historia no trata solo del pasado: habla de ti, de tus caídas, de tus esperanzas y de tu anhelo de ser amado sin condiciones. Y justo cuando crees haber comprendido la profundidad de esta misericordia, el relato se abre aún más, llevándote a encuentros inesperados, a palabras que desarman el orgullo y a gestos que revelan hasta dónde es capaz de llegar la compasión de Jesús… Sigues caminando junto a Jesús y descubres que su misericordia no es selectiva. Él se detiene precisamente donde otros aceleran el paso. En el camino aparece un recaudador de impuestos, despreciado por todos, pequeño de estatura y grande en culpa. Jesús levanta la mirada y pronuncia su nombre: “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa” (Lucas 19:5). Tú comprendes que la compasión comienza cuando alguien te mira sin condenarte, cuando te llama por tu nombre aun sabiendo tu historia. En Lucas, Jesús no teme entrar en casas manchadas por el pecado. Se sienta a la mesa con publicanos y pecadores, y cuando lo critican responde con palabras que atraviesan el corazón: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:32). Tú te reconoces en esa invitación. No se trata de perfección, sino de apertura; no de merecer, sino de aceptar. Luego escuchas una parábola que transforma tu manera de entender a Dios. Un padre espera cada día a su hijo perdido. Cuando lo ve regresar, no pregunta, no reprocha, corre a su encuentro y lo abraza. “Estando aún lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia” (Lucas 15:20). Tú sientes que ese abrazo también es para ti. Aquí la misericordia no castiga el pasado: celebra el regreso. Jesús continúa enseñando y sanando. Se cruza con una mujer encorvada desde hace años, invisible para muchos, pero no para Él. “Mujer, eres libre de tu enfermedad” (Lucas 13:12). Tú entiendes que la compasión de Cristo endereza lo que la vida ha doblado, devuelve dignidad a quienes han vivido mirando al suelo. Lucas te muestra un Jesús que llora con los que lloran. Ante Jerusalén, la ciudad que no reconoce el tiempo de la visita de Dios, Jesús llora (Lucas 19:41). No es un llanto de ira, sino de amor herido. Tú descubres que la misericordia también sufre cuando es rechazada, pero no deja de amar. Cada escena va construyendo una certeza profunda: nadie queda fuera del alcance del perdón. Ni el pobre, ni el enfermo, ni el pecador, ni el extranjero. Jesús levanta al caído y consuela al quebrantado. Y tú empiezas a presentir que esta historia avanza hacia un momento decisivo, donde la misericordia y la compasión alcanzarán su expresión más extrema, más dolorosa y, al mismo tiempo, más luminosa… Sigues avanzando y el camino se vuelve más intenso. La misericordia de Jesús ya no se expresa solo en gestos suaves, sino en decisiones firmes que revelan hasta dónde está dispuesto a amar. Ves cómo se acerca a los marginados finales: pobres, mujeres señaladas, extranjeros despreciados. En Lucas, cada uno encuentra un lugar junto a Él. Un día, un maestro de la ley pregunta qué debe hacer para heredar la vida eterna. Jesús responde con una historia que cambia tu manera de mirar al prójimo. Un hombre herido queda abandonado al borde del camino. Pasan los religiosos, pero no se detienen. Solo un samaritano, considerado enemigo, se acerca, venda sus heridas y se hace cargo de él. “Ve, y haz tú lo mismo” (Lucas 10:37). Tú entiendes que la misericordia no es discurso, es acción concreta, incluso cuando cuesta. Luego contemplas a una mujer conocida por su pecado. Entra donde Jesús está, llora, unge sus pies y los seca con sus cabellos. Los demás juzgan, pero Jesús defiende su corazón arrepentido: “Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho” (Lucas 7:47). Tú percibes que, para Jesús, el amor sincero pesa más que cualquier pasado manchado. La compasión de Cristo también se revela en la oración. Él enseña a pedir con confianza, a insistir sin miedo, porque Dios no es distante. “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis” (Lucas 11:9). Tú descubres que la misericordia de Dios no se cansa de escuchar, que siempre hay una puerta abierta para quien llama. A medida que el relato avanza, Jesús anuncia algo difícil de aceptar: el sufrimiento se acerca. Habla de rechazo, de entrega, de una cruz. Sin embargo, incluso en ese anuncio, su tono no es de amargura, sino de amor. “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Tú comprendes que todo lo que has visto —sanaciones, perdones, parábolas— apunta hacia ese propósito. El ambiente se vuelve más denso. Las multitudes siguen a Jesús, pero también crece la oposición. Aun así, Él no se endurece. Continúa enseñando, continúa amando, continúa perdonando. Tú sientes que algo decisivo está por ocurrir, un momento en el que la misericordia dejará de ser solo palabras y milagros, para convertirse en entrega total. Y justo cuando el camino parece estrecharse, cuando la tensión aumenta y las sombras se alargan, Jesús da un paso más hacia su destino, preparándote para contemplar el rostro más profundo y conmovedor de la compasión divina… El camino te conduce ahora hacia los últimos días, y en Lucas todo se vuelve más humano, más cercano, más dolorosamente compasivo. Jesús entra en Jerusalén y no lo hace con armas ni con imposición, sino montado en un pollino. La multitud aclama, pero Él sabe lo que viene. Aun así, no retrocede. Su misericordia no depende del aplauso, sino de la fidelidad al amor. Durante la última cena, Jesús no habla desde la dureza, sino desde la entrega. Parte el pan, ofrece el vino y dice palabras que resuenan en lo más profundo de tu interior: “Este es mi cuerpo, que por vosotros es dado” (Lucas 22:19). Tú comprendes que la compasión alcanza aquí una nueva profundidad: Jesús se ofrece a sí mismo, no por obligación, sino por amor. En el huerto, la escena se vuelve íntima y estremecedora. Jesús ora, suda angustia, y aun así no piensa en sí mismo. “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Tú percibes que la misericordia también pasa por el miedo, por la soledad, por el abandono… y aun así permanece firme. Llega el arresto, la traición, las negaciones. Pedro, uno de los más cercanos, falla. Pero Lucas no te muestra un Jesús que humilla con la mirada. Al contrario: “El Señor, volviéndose, miró a Pedro” (Lucas 22:61). No es una mirada de reproche, sino de amor que duele y sana al mismo tiempo. Tú entiendes que incluso cuando fallas, Jesús no deja de mirarte con compasión. En el camino hacia la cruz, Jesús cae, es insultado, golpeado. Sin embargo, cuando ve a las mujeres que lloran, se detiene y les habla (Lucas 23:28). Tú descubres que ni en su mayor sufrimiento deja de pensar en los demás. La misericordia no se apaga ni siquiera bajo el peso del dolor. Ya clavado en la cruz, cuando todo parecería perdido, escuchas palabras que definen todo el Evangelio de Lucas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Tú quedas en silencio. La compasión llega hasta el extremo de perdonar en medio de la injusticia, del dolor y de la muerte. Incluso allí, Jesús no cierra la puerta. Un malhechor reconoce su culpa y clama con lo poco que le queda: “Jesús, acuérdate de mí”. Y la respuesta es inmediata, misericordiosa, eterna: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Tú entiendes que nunca es demasiado tarde. El relato parece llegar a su fin, pero en realidad está preparando algo más. Porque la misericordia que se entrega hasta la muerte no termina en la cruz. Hay un silencio que se aproxima, un aparente final… que en Lucas será solo el comienzo de una esperanza más fuerte que la muerte. El silencio del sepulcro parece definitivo. La piedra cerrada, la noche del sábado, la sensación de que todo ha terminado. Tú sientes el peso de la espera, porque la misericordia también atraviesa momentos en los que Dios parece callar. Pero Lucas no deja la historia en la oscuridad. Al amanecer del primer día, unas mujeres se acercan con temor y amor. Encuentran la piedra removida y el sepulcro vacío. Entonces escuchan palabras que sacuden el alma: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:5-6). Tú comprendes que la compasión de Jesús es más fuerte que la muerte, que el amor no quedó enterrado. Más adelante, caminas con dos discípulos abatidos rumbo a Emaús. Van tristes, confundidos, decepcionados. Jesús se acerca, pero ellos no lo reconocen. Camina a su lado, escucha su dolor, interpreta las Escrituras y enciende lentamente su esperanza. Tú te identificas con ellos, porque Jesús también camina contigo cuando no lo reconoces. Y cuando parte el pan, sus ojos se abren. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?” (Lucas 24:32). Ahí entiendes que la misericordia resucitada sigue explicando, acompañando y sanando desde dentro. Luego Jesús se presenta en medio de los suyos. No llega con reproches ni exigencias. Llega con paz. “Paz a vosotros” (Lucas 24:36). Tú notas que no oculta sus heridas, pero tampoco vive en ellas. Son señales de amor, no de derrota. La compasión ahora se convierte en misión, en envío, en esperanza compartida. Antes de partir, Jesús abre el entendimiento de sus discípulos y les recuerda que el perdón debe anunciarse a todas las naciones (Lucas 24:47). Tú descubres que la misericordia recibida no se guarda: se comparte. Lo que comenzó con un pesebre humilde termina con una promesa viva que sigue alcanzando corazones. Y mientras Jesús se despide bendiciendo, tú entiendes que el Evangelio de Lucas no es solo un relato antiguo. Es una invitación permanente. Una voz que te recuerda que, sin importar tu historia, tus caídas o tus dudas, hay un Jesús misericordioso que camina contigo, te perdona, te levanta y te envía. Porque en este Evangelio, la última palabra no es culpa, ni dolor, ni muerte. La última palabra es misericordia… y sigue pronunciándose hoy. El relato ya ha sido pronunciado, pero su eco no se apaga. Tú permaneces ahí, escuchando, comprendiendo que el Evangelio de Lucas no se cierra con una despedida, sino con una presencia que continúa. Jesús ha ascendido bendiciendo, pero su misericordia no se aleja; se expande, se derrama, se hace cercana en cada rincón de la vida humana. Lucas te deja una certeza profunda: la compasión de Jesús no fue un gesto puntual, fue un modo de existir. Todo en Él habló de misericordia: su manera de mirar, de tocar, de perdonar, de callar y de entregarse. Tú descubres que este Evangelio fue escrito para que no olvides que Dios no se cansa de acercarse al ser humano, incluso cuando el ser humano se cansa de sí mismo. Cada escena que has recorrido te devuelve una verdad esencial: Jesús no vino a condenarte, vino a encontrarte. No vino a señalar tus caídas, vino a levantarte. En Lucas, el Salvador siempre da el primer paso, siempre se adelanta, siempre ofrece una oportunidad más. “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Y tú sabes que esa búsqueda sigue activa. Ahora entiendes que este Evangelio no se escucha solo con los oídos, sino con el corazón. Porque te invita a vivir de la misma manera: a mirar con compasión, a perdonar sin medida, a acercarte al herido del camino, a no cerrar la puerta a quien regresa. La misericordia que contemplaste no es solo para admirarla, es para encarnarla. Y mientras el silencio vuelve, una última certeza queda grabada en ti: Jesús sigue caminando contigo. En tus dudas, en tus caídas, en tus pequeños regresos. Su compasión no tiene fecha de caducidad. No depende de méritos. No se agota. Porque en el Evangelio de Lucas, la misericordia no es el final de la historia… es el principio de una vida transformada. Y ahora, después de haber recorrido cada encuentro, cada gesto y cada palabra, la historia se vuelve personal. Ya no estás solo escuchando sobre Jesús: estás frente a Él. Lucas te ha llevado con cuidado hasta este punto para que entiendas algo esencial: la misericordia no fue solo lo que Jesús hizo, es lo que Jesús es. Tú descubres que este Evangelio te mira directamente y te pregunta, sin palabras, qué harás con el amor que has contemplado. Porque la compasión que perdona a Zaqueo, que abraza al hijo perdido, que consuela a la viuda, que promete el paraíso al último momento, ahora toca tu propia vida. “Al que mucho se le perdona, mucho ama” (Lucas 7:47). Y tú sabes que ese perdón también te ha sido ofrecido. Lucas no te deja con teorías, te deja con un camino. Te muestra que seguir a Jesús es aprender a detenerte, a escuchar, a no condenar de inmediato, a creer que nadie está definitivamente perdido. La misericordia que viste en Cristo quiere reflejarse ahora en tus decisiones diarias, en tus palabras, en la forma en que miras a los demás… y a ti mismo. Porque si algo queda claro en este Evangelio, es que Dios no se aleja cuando fallas. Al contrario, se acerca. Te busca. Camina contigo, incluso cuando no lo reconoces. Parte el pan contigo, incluso cuando dudas. Y pronuncia paz sobre tu vida, incluso cuando tu interior está en guerra. “Paz a vosotros” (Lucas 24:36). Así, el mensaje permanece vivo. No termina cuando el relato se apaga, ni cuando el video concluye. Continúa cada vez que eliges la compasión en lugar del juicio, el perdón en lugar del rencor, la esperanza en lugar del miedo. Porque el Evangelio de Lucas te ha mostrado algo que no puedes olvidar: la misericordia de Jesús no es un recuerdo del pasado… es una presencia viva que sigue llamándote hoy. Y aun así, algo dentro de ti sabe que no basta con escuchar. Porque la misericordia que has contemplado no fue pensada para quedarse en un relato hermoso, sino para provocar una respuesta. Lucas te ha llevado paso a paso hasta este punto para que entiendas que Jesús no solo habló de compasión: la confió a manos humanas. Tú comienzas a comprender que cada escena es un espejo. El samaritano te pregunta si te detendrás. El padre misericordioso te invita a perdonar. El malhechor en la cruz te recuerda que nunca es tarde. Y el Resucitado, con sus palabras de paz, te impulsa a no vivir dominado por la culpa ni por el miedo. Porque si Jesús venció a la muerte con misericordia, entonces también puede vencer lo que hoy te oprime. Tus cargas, tus heridas antiguas, tus errores repetidos. En Lucas, Jesús no exige perfección antes de amar; ama para que la transformación sea posible. “Dad, y se os dará… porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir” (Lucas 6:38). Tú entiendes que la misericordia recibida se multiplica cuando se comparte. El Evangelio sigue resonando dentro de ti como una pregunta silenciosa: ¿te atreverás a vivir de esta manera? No desde la dureza, sino desde la compasión. No desde el juicio rápido, sino desde la mirada que comprende. No desde el miedo a fallar, sino desde la certeza de que siempre hay un camino de regreso. Y justo cuando crees haber llegado al final del mensaje, descubres que en realidad apenas estás entrando en él. Porque la historia que Lucas comenzó a contar no se detiene aquí. Continúa en cada vida tocada por la misericordia, en cada corazón que decide amar como fue amado, en cada paso dado con fe, incluso en medio de la fragilidad. Lo que viene ahora no es solo recuerdo, es llamado. Y ese llamado… acaba de comenzar. Y en ese llamado, tú ya no eres un espectador. Te das cuenta de que el Evangelio de Lucas te ha ido conduciendo con suavidad hacia una verdad inevitable: la misericordia que has contemplado te ha estado buscando desde el inicio. No para exigirte, sino para abrazarte. No para señalarte, sino para levantarte. Ahora comprendes que Jesús no pasó por la historia como un recuerdo distante. En Lucas, Él sigue acercándose a quienes caminan cansados, a quienes dudan, a quienes creen que han fallado demasiado. Sigue diciendo, con hechos y con amor: “No temas” (Lucas 5:10). Y esas palabras atraviesan tu presente. Porque la compasión de Jesús no se limita a los grandes momentos. Está en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo invisible. Está en el perdón que decides ofrecer, en la paciencia que eliges cuando podrías endurecerte, en la esperanza que sostienes cuando todo parece perdido. Ahí, silenciosamente, el Evangelio sigue vivo. Lucas te ha mostrado a un Jesús cercano, humano, profundamente misericordioso. Un Jesús que no se aleja del dolor, que no huye del pecado, que no abandona al que cae. Un Jesús que muere perdonando y resucita ofreciendo paz. Y tú sabes que ese mismo Jesús camina hoy contigo. Por eso, cuando el relato parece terminar, la verdad se hace clara: la historia no se cierra, se abre. Se abre en tu vida, en tus decisiones, en tu manera de amar. Porque la misericordia que has escuchado no fue escrita solo para ser recordada… fue escrita para ser vivida. Y así, con el corazón encendido y la mirada renovada, entiendes que el Evangelio de Lucas no te deja igual. Te invita a levantarte, a confiar, a caminar. Porque donde hay misericordia, siempre hay un nuevo comienzo. Y mientras ese nuevo comienzo se insinúa, algo más se revela con claridad: la misericordia no es solo consuelo, también es responsabilidad. Tú descubres que el Jesús de Lucas no te deja inmóvil. Su compasión levanta, pero también envía. Sana, pero también confía. Recuerdas sus palabras dirigidas a quienes han sido tocados por su amor: “Al que oyere mis palabras y las hiciere, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca” (Lucas 6:47-48). Tú entiendes que la misericordia no es emoción pasajera, es fundamento firme para construir la vida, incluso cuando llegan las tormentas. En este Evangelio, nadie que se encuentra con Jesús queda igual. Los perdonados cambian de rumbo. Los sanados recuperan la voz. Los restaurados anuncian lo que Dios ha hecho con ellos. Y ahora comprendes que tú también estás incluido en ese movimiento silencioso y poderoso que transforma el mundo desde dentro. Porque la compasión de Cristo no busca admiradores, busca corazones disponibles. Corazones capaces de amar cuando es difícil, de perdonar cuando duele, de esperar cuando todo parece cerrado. Lucas te ha mostrado que ahí es donde la misericordia se vuelve visible, real, encarnada. Y justo cuando crees que el mensaje ha alcanzado su punto más alto, descubres que apenas se está preparando el terreno. Porque lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar no se detiene en el relato… continúa extendiéndose, creciendo, tocando vidas más allá de lo que alcanzas a ver. Lo que has escuchado hasta ahora no es un cierre. Es una puerta que empieza a abrirse. Y al cruzar esa puerta, tú percibes que la misericordia ya no es solo algo que contemplas, sino algo que te envuelve. Lucas ha preparado este momento con cuidado, porque ahora la pregunta no es quién es Jesús, sino quién eres tú después de haberlo encontrado. Comprendes que el Evangelio no te pide respuestas inmediatas, sino un corazón dispuesto. Jesús nunca forzó a nadie. Invitó, llamó, esperó. Como aquel padre que mira el horizonte cada día, confiando en que el hijo regresará. Así también, Dios confía en que la misericordia sembrada en ti dará fruto a su tiempo. Resuenan de nuevo sus palabras, suaves y firmes a la vez: “El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel” (Lucas 16:10). Tú entiendes que la compasión comienza en gestos sencillos: una palabra que no hiere, una mano que se extiende, un juicio que se suspende. Ahí empieza el Reino que Jesús anunció. Lucas te ha mostrado que seguir a Cristo no es un camino de grandeza exterior, sino de profundidad interior. No se trata de sobresalir, sino de amar. No de imponerse, sino de servir. “Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Lucas 22:27). Y tú descubres que en ese servicio humilde hay una libertad nueva. La misericordia que brota de Jesús también te enseña a mirarte con verdad. No para castigarte, sino para sanar. Porque en Lucas, Dios no aplasta la fragilidad humana; la asume, la redime y la transforma. Tú ya no necesitas huir de tus límites: puedes ponerlos en manos de Aquel que sabe qué hacer con ellos. Y mientras este mensaje se asienta en lo profundo, sientes que algo más está por revelarse. Porque la misericordia que ha tocado tu vida no fue pensada para quedarse en silencio. Está a punto de desplegarse hacia afuera, hacia otros, hacia el mundo. Lo que viene ahora no es teoría. Es vida en movimiento. Y esa vida en movimiento comienza cuando decides mirar a los demás con los mismos ojos con los que Jesús te ha mirado. Lucas te ha mostrado que la misericordia no es débil ni ingenua: es una fuerza capaz de romper cadenas antiguas y abrir caminos donde parecía no haber salida. Recuerdas cómo Jesús envía a sus discípulos sin riquezas ni seguridades, solo con un mensaje de paz. “Decid primero: Paz sea a esta casa” (Lucas 10:5). Tú entiendes que la compasión no necesita grandes discursos; necesita corazones disponibles que se atrevan a llevar esperanza allí donde reina el cansancio y la desesperanza. Porque en este Evangelio, la misericordia siempre se dirige a alguien concreto. Tiene nombre, rostro, historia. Es el herido al borde del camino, el pecador avergonzado, el discípulo temeroso, la mujer que llora en silencio. Y tú descubres que hoy esos rostros te rodean más de lo que imaginas. Jesús, tal como lo presenta Lucas, confía en que el amor puede multiplicarse. “Dad, y se os dará” (Lucas 6:38). No como una promesa material, sino como una ley del corazón. Cuando das misericordia, tu interior se ensancha. Cuando perdonas, tu carga se aligera. Cuando amas, algo en ti resucita. Ahora comprendes que este Evangelio no busca impresionarte, sino transformarte lentamente. Como el fuego que arde sin hacer ruido, la compasión va moldeando tu manera de vivir, de hablar, de decidir. Y aunque el camino no siempre sea fácil, sabes que no estás solo. Porque el Jesús de Lucas no se queda atrás observando. Camina delante, marca el paso, sostiene cuando flaqueas. Su misericordia no abandona a mitad del trayecto. Permanece. Y mientras das este paso interior, una certeza se afirma con fuerza: lo que has recibido no fue el final del camino… es el impulso para seguir avanzando. Y al seguir avanzando, comprendes que ese impulso no nace del esfuerzo humano, sino de una gracia que sostiene. Lucas te ha mostrado que la misericordia de Jesús no exige resultados inmediatos; acompaña procesos. Él sabe esperar. Sabe sembrar. Sabe confiar incluso cuando la respuesta parece pequeña. Recuerdas cómo Jesús se alegra más por una oveja encontrada que por noventa y nueve que no se perdieron (Lucas 15:7). Tú entiendes que, para Dios, cada persona importa de manera única. Que no eres un número, ni una estadística, ni un caso más. Eres alguien por quien Jesús se detiene, busca y celebra. En este Evangelio, la compasión también enseña a perseverar. Jesús habla de la viuda insistente, del amigo que llama de noche, del que no se rinde en la oración (Lucas 11:8; 18:1). Tú descubres que la misericordia no se cansa fácilmente. Permanece, insiste, vuelve a intentar. Y esa misma constancia empieza a brotar en tu interior. Ahora miras tu propia historia con otros ojos. Donde antes veías solo errores, empiezas a ver oportunidades de gracia. Donde había culpa, comienza a crecer reconciliación. Porque el Jesús de Lucas no reescribe tu pasado para borrarlo, lo redime para darle sentido. Y poco a poco, sin ruido, algo se afirma con fuerza dentro de ti: la misericordia no solo te ha alcanzado, te está formando. Te está preparando para comprender algo aún más profundo. Porque amar como Jesús ama no es fácil, pero sí posible cuando su compasión vive en ti. El camino continúa, y con él, una verdad se vuelve cada vez más clara: la misericordia que transforma tu corazón también está preparando el momento de transformar tu mirada… y tu misión. Y esa misión comienza cuando tu mirada cambia. Ya no ves el mundo solo desde tus heridas, sino desde la misericordia que las ha tocado. Lucas te ha llevado hasta aquí para que entiendas que Jesús no vino únicamente a consolar corazones rotos, sino a enseñar una nueva forma de ver la vida. Ahora comprendes por qué Jesús insiste tanto en el amor al enemigo, en la bendición al que hiere, en la oración por quien persigue. “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen” (Lucas 6:27). Tú descubres que esta no es una exigencia imposible, sino la consecuencia natural de haber sido amado primero sin condiciones. Porque cuando has experimentado la misericordia, el rencor empieza a perder fuerza. No desaparece de golpe, pero deja de gobernar. La compasión te vuelve libre. Libre de responder siempre desde la herida. Libre de repetir la dureza que un día te lastimó. Lucas te muestra que Jesús confía en esta transformación silenciosa. Por eso habla del grano de mostaza, pequeño, casi invisible, pero lleno de vida (Lucas 13:19). Así es la misericordia en ti: no siempre se nota al inicio, pero crece, se expande y termina dando sombra a otros. Y mientras esta verdad se asienta, entiendes que la misión no siempre es ir lejos. A veces comienza en casa, en la familia, en las palabras que eliges, en la paciencia que decides tener, en el perdón que posponías. Jesús mismo dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (Lucas 19:9). Tú comprendes que hoy también puede llegar a la tuya. La misericordia que Lucas te ha revelado no busca héroes perfectos, busca testigos reales. Personas que, aun con fragilidad, deciden amar. Personas que caen, pero se levantan. Personas que saben que la compasión no es señal de debilidad, sino de una fuerza que viene de Dios. Y justo cuando esta misión empieza a tomar forma en tu interior, algo más se aproxima. Porque el Evangelio no solo te envía hacia los demás… también te prepara para confiar incluso cuando el camino se vuelve incierto. Y cuando el camino se vuelve incierto, Lucas te recuerda algo esencial: Jesús nunca prometió ausencia de dificultades, prometió presencia. Tú aprendes que la misericordia no elimina las tormentas, pero sí te enseña a atravesarlas con fe. Recuerdas aquella escena en la que los discípulos temen en medio del mar agitado. Jesús se levanta y calma las aguas con una palabra (Lucas 8:24). Tú entiendes que el verdadero milagro no es solo que el viento se detenga, sino que el miedo no tenga la última palabra. La compasión de Cristo trae paz incluso cuando el entorno sigue siendo frágil. En este punto del recorrido, comprendes que confiar no es tener todas las respuestas, sino saber en quién has puesto tu esperanza. Lucas te ha mostrado una y otra vez que Jesús es digno de confianza: fiel en el perdón, constante en el amor, firme en la promesa. “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lucas 21:33). Y esas palabras siguen sosteniéndote hoy. Ahora el mensaje se vuelve más profundo y más simple a la vez. No se trata de grandes gestas, sino de permanecer. Permanecer en la misericordia cuando el cansancio aparece. Permanecer en el perdón cuando la herida duele. Permanecer en la esperanza cuando el futuro no es claro. Tú descubres que ahí, en esa fidelidad silenciosa, el Evangelio se vuelve carne en tu vida. Lucas te ha llevado desde un pesebre humilde hasta un corazón transformado. Te ha mostrado que la compasión de Jesús no es un ideal inalcanzable, sino un camino posible. Un camino que se recorre paso a paso, caída tras caída, confianza tras confianza. Y justo cuando parece que todo ha sido dicho, una certeza final se impone con suavidad pero con fuerza: no estás solo en este camino. La misericordia que has escuchado, contemplado y recibido… camina contigo. Y al saber que no caminas solo, algo se aquieta dentro de ti. Porque Lucas te ha mostrado que la misericordia de Jesús no es intermitente, no aparece solo en los momentos luminosos. Permanece también cuando el cansancio pesa, cuando la fe se vuelve frágil y las fuerzas parecen insuficientes. Recuerdas cómo Jesús mira a sus discípulos y les dice: “No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino” (Lucas 12:32). Tú entiendes que la compasión de Dios no se mide por tu fortaleza, sino por su fidelidad. No depende de cuánto crees, sino de quién te sostiene cuando crees poco. En este punto del camino, el Evangelio deja claro que la misericordia no siempre cambia las circunstancias de inmediato, pero sí cambia el corazón que las enfrenta. Jesús lo demuestra cuando enseña a confiar, a no vivir dominado por la ansiedad, a descansar en un Padre que cuida incluso de los detalles más pequeños (Lucas 12:24). Tú comienzas a soltar cargas que no te correspondían llevar solo. Lucas te conduce con delicadeza a comprender que la compasión también es descanso. Descanso para el alma cansada, para la conciencia herida, para el corazón que ha luchado demasiado tiempo. En Jesús no hay prisa que aplaste ni exigencia que ahogue. Hay invitación, hay acompañamiento, hay paz. Y mientras esta verdad se asienta en lo profundo, sientes que algo se prepara. Porque la misericordia que te ha sostenido hasta aquí no solo quiere cuidarte… quiere fortalecerte. Quiere afirmarte en una fe serena, capaz de mirar hacia adelante sin miedo. Lo que viene no es ruptura, es madurez. La compasión que te abrazó al inicio ahora comienza a afirmarte por dentro, preparándote para caminar con confianza, incluso cuando no ves todo el camino. Y esa confianza serena empieza a echar raíces profundas. Ya no es un entusiasmo momentáneo, es una fe que ha sido probada por el camino. Lucas te ha llevado a descubrir que la misericordia de Jesús no solo te acompaña cuando todo va bien, sino que te sostiene cuando la esperanza parece frágil. Ahora entiendes que seguir a Cristo no significa ausencia de caídas, sino presencia de una mano que siempre se extiende. Jesús mismo lo dijo con claridad y ternura: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). Tú comprendes que esta invitación no es una carga, sino una forma nueva de vivir, donde incluso el dolor tiene sentido cuando se camina acompañado. En el Evangelio de Lucas, la misericordia madura el corazón. Te enseña a no huir cuando la fe se vuelve exigente, a no abandonar cuando el camino se estrecha. Jesús no engaña: habla de renuncia, pero también de vida verdadera. “El que pierda su vida por causa de mí, la salvará” (Lucas 9:24). Y tú empiezas a entender que hay pérdidas que, en realidad, son ganancias profundas. Esta compasión que has contemplado te vuelve más consciente, más despierto. Ya no miras solo lo inmediato, empiezas a mirar con esperanza a largo plazo. Aprendes a confiar incluso cuando no ves resultados rápidos, porque sabes que el amor sembrado nunca se pierde. Lucas te muestra que Jesús forma discípulos con paciencia. Corrige sin humillar. Advierte sin apagar la fe. Espera sin abandonar. Y tú descubres que esa misma paciencia es la que hoy se tiene contigo. No estás atrasado. No estás fuera de lugar. Estás en proceso. Y mientras este proceso continúa, algo se hace cada vez más claro: la misericordia que comenzó consolándote… ahora está moldeando tu carácter, preparándote para una fe más firme, más profunda y más verdadera. Y en esa fe más profunda, descubres que ya no necesitas señales constantes para creer. La misericordia de Jesús ha hecho su obra en silencio. Ahora confías incluso cuando no sientes, incluso cuando el camino parece ordinario. Lucas te ha enseñado que la verdadera compasión no siempre se manifiesta con milagros visibles, sino con una fidelidad diaria que transforma desde dentro. Recuerdas cómo Jesús habla de estar atentos, de vivir con el corazón despierto. “Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Lucas 12:34). Tú entiendes que la misericordia ha ido ordenando tus afectos, cambiando tus prioridades, enseñándote a poner lo esencial en el centro. Ya no corres detrás de todo; aprendes a permanecer. En este punto, la relación con Jesús se vuelve más íntima. Ya no solo lo sigues por lo que hace, sino por quien es. Lucas te muestra a un Señor que confía sus palabras más profundas a quienes han decidido quedarse. Un Jesús que no promete caminos fáciles, pero sí una verdad que sostiene incluso en la noche. La compasión que has recibido también te hace más humilde. Reconoces tus límites sin desesperarte. Sabes que necesitas de Dios, y ya no lo vives como debilidad, sino como verdad. “Separados de mí nada podéis hacer” resuena en tu interior, no como reproche, sino como descanso. En depender, encuentras paz. Y mientras avanzas con esta nueva serenidad, comprendes que el Evangelio ha cumplido su propósito: no solo informarte, sino formarte. No solo emocionarte, sino transformarte. Lucas te ha guiado hasta aquí para que descubras que la misericordia de Jesús no te infantiliza… te fortalece. Ahora estás listo para caminar con paso firme, con el corazón en calma y la mirada clara. Porque la compasión que te alcanzó, te sostuvo y te formó, ahora vive en ti.

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120 jóvenes de instituciones de educación media articuladas con la regional participaron en la creación de proyectos innovadores

La socialización reunió a jóvenes de instituciones educativas vinculadas con el SENA, quienes presentaron proyectos desarrollados durante dos años en programas técnicos como Marketing Digital, Contenidos Digitales y Producción Audiovisual.Con el propósito de fortalecer la formación técnica en los colegios articulados con el SENA, como la I.E. Liceo Central de Nariño, la I.E. Centro de Integración Popular y la I.E. Juan Pablo II entre otros, la entidad realizó el Primer Encuentro Interinstitucional “Pascana Creativa”, un escenario en el que estudiantes vinculados al programa de articulación con la educación media presentaron los proyectos desarrollados durante sus procesos formativos.“Nuestro propósito con la articulación es llevar formación técnica a las instituciones educativas del departamento de Nariño. Actualmente ofrecemos programas como Marketing Digital para el Sistema Moda, Promoción e Integración de Contenidos Digitales y Elaboración de Productos Audiovisuales. Estas formaciones brindan herramientas tecnológicas para crear contenidos audiovisuales, gráficos y digitales con impacto en las comunidades”, explicó Natalia Johanna Castillo, instructora del Programa de Articulación con la Media SENADurante la jornada, los asistentes conocieron cómo los aprendices aplicaron las competencias adquiridas para desarrollar proyectos reales, utilizando herramientas digitales, estrategias de marketing, producción audiovisual y exploración de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial.“Llevamos dos años trabajando en este proyecto y la experiencia ha sido muy bonita y valiosa. Pudimos interactuar con empresas reales, aplicar lo aprendido, usar nuevas herramientas y entender cómo funciona el marketing digital. Esto me motiva incluso para mi futuro profesional, ya que quiero estudiar biología o comercio internacional, y sé que el marketing digital me ayudará a promover ideas y proyectos en redes sociales”, expresó Ana María Dorado, aprendiz de la Institución Educativa Juan Pablo II del municipio de Nariño.Este encuentro se consolidó como un escenario clave para resaltar el talento juvenil y fortalecer las relaciones entre el SENA y las instituciones educativas, promoviendo una formación técnica pertinente, creativa y alineada con las necesidades del sector educativo, productivo y la aplicación de las tecnologías emergentes en la región.El SENA invita a las instituciones educativas a vincularse al Programa de Articulación con la Educación Media. Estos espacios permiten que los estudiantes desarrollen competencias laborales desde los grados décimo y once, facilitando su transición hacia la formación profesional.OFICINA DE COMUNICACIONES REGIONAL NAIÑO

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El Champús que debes Sí o Sí probar si vas a Pasto

La bebida más icónica de Pasto: ¡tienes que probar este Champús!Cuando te acercas al aroma del champús nariñense, sientes que no solo estás ante una bebida; estás frente a un relato que atraviesa generaciones. En cuanto lo pruebas, descubres que en su dulzura y en su textura viva se esconde una parte profunda de la identidad de Pasto y de todo el sur andino de Colombia. Hoy quiero llevarte a recorrer ese universo donde tradición, memoria y sabor se encuentran en un solo tazón. Tú no bebes champús: tú dialogas con una costumbre que se ha mantenido firme durante siglos. Y mientras escuchas estas palabras, imagina el sonido de los mercados, los colores de las frutas frescas, el murmullo de las cocinas familiares en diciembre, y la cálida sonrisa de quien te sirve un vaso lleno de historia. Porque el champús es eso: un puente entre el pasado y el presente. Su origen es ancestral. Surge como una bebida ceremonial de las culturas indígenas andinas, que ya combinaban el maíz con frutas y especias en preparaciones comunitarias. Con el paso del tiempo, la cocina mestiza lo transformó, incorporando ingredientes como la panela y el naranjo agrio. Así, lo que empezó como un rito, se convirtió en una tradición hogareña que hoy, en cualquier barrio de Pasto o de los pueblos cercanos, sigue siendo un símbolo de unión. Cuando tomas champús, estás degustando una mezcla que habla de tierra fértil y de herencias vivas. Cada ingrediente es un mensaje. El maíz, base de nuestra alimentación ancestral, representa abundancia y raíz. La piña y la lulo aportan frescura, energía y un toque vibrante que solo los suelos volcánicos del Galeras pueden ofrecer. La panela recuerda la dulzura humilde de las casas campesinas. Y el hielo, que alguna vez fue un lujo, hoy convierte al champús en un refugio contra el calor del mediodía. Pero también tiene propiedades que pueden sorprenderte. Gracias al maíz y a las frutas, es una bebida rica en fibra, ideal para apoyar la digestión. La piña contiene bromelina, una enzima que favorece la absorción de nutrientes. El lulo aporta vitamina C, que ayuda a fortalecer tu sistema inmune. Y si lo tomas después de un día largo, sentirás cómo su frescor y su textura te reconfortan de manera casi inmediata. Por eso, para muchas familias, el champús es más que un gusto: es un alimento completo, energético y revitalizante. Sin embargo, lo más importante del champús no está solo en su sabor o en sus beneficios, sino en lo que representa. Cuando lo compartes, compartes identidad. Es un gesto de orgullo regional, un recordatorio de que cada sabor guarda una historia que merece ser contada. Es la bebida de las fiestas, de los encuentros familiares, de los paseos dominicales y de las tardes en los mercados. Es un símbolo cultural nariñense que sigue allí, firme, sin dejarse borrar por la modernidad ni por las bebidas industriales. Y ahora que ya te has adentrado en su significado, quiero llevarte a la cocina, para que puedas preparar tu propio champús nariñense. Porque este viaje no estaría completo si no experimentarás por ti mismo su proceso sagrado. Así que presta atención, respira profundo y siente cómo los aromas empiezan a encender la memoria. RECETA DEL CHAMPÚS NARIÑENSE (para 8 porciones) Ingredientes: 2 tazas de maíz pelado (maíz peto) 1 piña madura 4 a 5 lulos grandes 1 panela grande 2 ramas de canela 6 clavos de olor Hojas de naranjo agrio (opcional pero tradicional) 2 litros de agua adicionales para diluir Hielo al gusto Preparación: Primero, debes lavar bien el maíz y ponerlo a cocinar en una olla grande con suficiente agua. Déjalo hervir hasta que esté suave y ligeramente espeso. Este paso puede tomar una hora o un poco más, así que tómalo con calma, porque aquí comienza la magia del champús. Mientras el maíz se cocina, prepara la fruta. Pela la piña y córtala en cubos pequeños. No deseches la cáscara: hiérvela aparte con un poco de agua, porque ese líquido aromático reforzará el sabor final de la bebida. Luego, corta los lulos por la mitad y exprime su pulpa. Si quieres una textura más suave, puedes colarla; si prefieres el champús más natural, deja las semillas. En otra olla, derrite la panela con un poco de agua y agrega la canela, el clavo y, si las tienes, unas hojas de naranjo agrio. Deja que estos aromas se mezclen como si estuvieran contando una historia entre ellos. Una vez tengas una miel aromática, retírala del fuego. Ahora regresa al maíz. Cuando esté listo, agrega la piña, su agua de cáscara, la pulpa del lulo y la miel de panela. Mezcla todo con suavidad, como si estuvieras despertando una memoria antigua. Añade agua fría hasta lograr la consistencia que más te guste: más espesa si así lo prefieres, o más ligera si quieres que sea completamente refrescante. Por último, incorpora hielo en abundancia. Y cuando sirvas el primer vaso, recuerda que no estás ofreciendo solo una bebida; estás entregando una tradición. Así, mientras lo disfrutas, te unes a una historia que ha viajado desde los pueblos originarios hasta tu mesa. Una historia que respira identidad, sabor y orgullo nariñense. Y tú, al probarlo, también te haces parte de ella.

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Mi Finca Restaurante Campestre: un emprendimiento con sabor regional impulsado por el Fondo Emprender del SENA

Este emprendimiento nacido como un sueño familiar en pandemia y casi destruido por una avalancha, hoy resurge. Gracias al apoyo del Fondo Emprender del SENA, el proyecto se ha reactivado y crece en el corregimiento de La Laguna. Una historia desarrollo local.Gracias al Fondo Emprender y al acompañamiento de la Ruta de Emprendimiento del SENA, emprendedores de la región han fortalecido y reactivado sus negocios tras superar grandes desafíos. Entre ellos está “Mi Finca Restaurante Campestre”, liderado por Diana Botina, ingeniera informática que dejó la docencia para impulsar este proyecto turístico y gastronómico familiar desde hace cinco años.“El apoyo del SENA ha sido fundamental. Recibimos orientación en ideación, validación y formulación del plan de negocios, además de acompañamiento en la postulación a la convocatoria. Obtuvimos recursos de capital semilla y, en la fase de puesta en marcha, también recibimos asesoría para la correcta ejecución de los recursos”, explicó Diana Botina, emprendedora del restaurante Mi FincaEl emprendimiento nació durante la pandemia con el propósito de reactivar la economía familiar, mejorar la calidad de vida e impulsar el turismo en la vereda Aguapamba ubicado en el corregimiento de la Laguna a 20 minutos de Pasto. Sin embargo, en marzo de 2025, una avalancha destruyó más de la mitad de la infraestructura del restaurante, representando uno de los mayores retos para su operación.“Fue el momento más difícil como emprendedores y como familia, prácticamente perdimos años de inversión. Pero gracias al Fondo Emprender retomamos fuerza para continuar. Si no hubiéramos contado con ese apoyo, habríamos cerrado”, puntualizo Diana Botina.A pesar de la emergencia, el restaurante ha logrado reconstruirse y consolidarse nuevamente como un punto de encuentro para la comunidad y visitantes, ofreciendo zonas verdes, salón de eventos, parqueadero y canchas deportivas, además de un menú tradicional con productos cultivaos en la región.“Desde el Fondo Emprender se apoyó este proyecto con orientaciones y entrenamientos en ideación, validación y formulación del plan de negocios. Luego, un orientador acompañó la asesoría y postulación a la convocatoria. Con el capital semilla, el emprendimiento realizó adecuaciones, adquirió equipos, muebles y cubrió nómina, logrando poner en marcha su operación”, afirmó Diana Fuertes, líder regional de emprendimiento del SENA Nariño.Hoy en día, el emprendimiento ofrece platos típicos como cuy, frito pastuso, mazamorra con queso, miel con cuajada y otras preparaciones que resaltan la gastronomía rural. El restaurante se caracteriza por comida fresca y natural, además de la posibilidad de preparar platos personalizados según las solicitudes de los clientes.El SENA invita a los emprendedores del departamento de Nariño a vincularse a la Ruta de Emprendimiento y conocer las oportunidades de formación, asesoría y financiación disponibles a través del Fondo Emprender.OFICINA DE COMUNICACIONES SENA REGIONAL NARIÑO

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Oración para dar gracias por un nuevo día

Oración para dar gracias por un nuevo díaPor Oración ConfianzaSeñor Dios, Padre de la vida y dador de toda gracia, hoy me presento ante Ti para darte gracias por este nuevo día que has puesto en mis manos. Reconozco que abrir los ojos cada mañana es un regalo inmenso, un acto de amor que proviene de tu corazón misericordioso. Nada me debía este amanecer, y aun así Tú, en tu infinita bondad, has decidido permitirme vivirlo. Gracias, Señor, porque me sostuviste durante la noche, porque tus manos sagradas velaron mis sueños y protegieron mi descanso. Gracias porque, incluso cuando no fui consciente, tu presencia me rodeó como un manto cálido, alejando el mal y renovando mis fuerzas. Hoy quiero empezar este día poniendo mis pensamientos, mis palabras, mis decisiones y mis acciones en tus manos. Te agradezco por la luz que entra por mi ventana, por el aire que llena mis pulmones, por la vida que fluye en mi interior, por la esperanza que vuelve a encenderse con cada amanecer. Gracias por la oportunidad de caminar un día más, de aprender, de avanzar, de corregir mis pasos, de buscar la santidad y de acercarme un poco más a Ti. Te agradezco por todo aquello que veré hoy, por lo que escucharé, por lo que podré sentir, por los encuentros que permitirás y por todo lo que tu Providencia dispondrá para mi bien, incluso aquello que no comprenderé de inmediato. Padre amado, hoy también quiero agradecerte por todas las personas que pondrás en mi camino: por las que me darán alegría, por las que me ofrecerán un desafío, por las que me enseñarán algo nuevo, y por las que simplemente me recordarán la importancia de la paciencia, la prudencia y el amor. Gracias por quienes me quieren, por quienes me acompañan, por quienes me sostienen, por quienes rezan por mí en secreto, porque en ellos reflejas tu rostro bondadoso. Te agradezco por mi hogar, por los que viven en él, por los que ya no están físicamente pero permanecen en mi corazón. Gracias por la esperanza que me das, por la fe que siembras en mí, por la fuerza con la que me inspiras y por la certeza de que, con tu ayuda, puedo afrontar cualquier desafío. Señor, te doy gracias por este nuevo día porque sé que no viene vacío; viene lleno de tu amor, de tu voluntad perfecta, de tus planes que superan mis pensamientos. Permíteme vivirlo con un corazón agradecido, con una actitud de entrega y con la mirada fija en Ti. Que no me falte la sensibilidad para reconocer tus bendiciones, la humildad para aceptar tus enseñanzas y la valentía para caminar según tu Palabra. Gracias, Señor, por estar conmigo desde el primer instante de este día, por tomarme de la mano, por recordarme que no camino solo, por llenarme de tu paz antes de que los ruidos del mundo intenten inquietarme. Que todo lo que haga hoy lleve tu sello, que mis obras te glorifiquen, que mis palabras sanen, que mis pensamientos sean puros y que mi espíritu permanezca unido al tuyo. Recibo este día como un don perfecto que viene de Ti. Gracias, Señor, por permitirme vivirlo. Amén.

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Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios: Evangelio de San Marcos

Te acercas al Evangelio de Marcos como quien se aproxima a un sendero estrecho, claro y directo. No hay rodeos, no hay largos discursos; aquí encuentras el relato más breve y urgente sobre la vida de Jesús, un mensaje que parece escrito con fuego, como si cada palabra buscara alcanzarte antes de que el mundo te distraiga. Marcos no quiere que observes desde lejos: quiere que camines a su lado, que sientas la intensidad de cada escena, que escuches el eco de cada decisión. Desde el primer versículo te golpea la fuerza de su propósito: “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (Marcos 1:1). No hay genealogías ni descripciones extensas. En lugar de ello, entras de inmediato en movimiento, como si el mundo ya estuviera en marcha y tú llegaras justo a tiempo. Y allí, en el primer tramo de esta travesía, aparece Juan el Bautista, una voz que clama en el desierto: “Enderezad sus sendas” (Marcos 1:3). Te invita no solo a mirar, sino a prepararte, a enderezar tus propios caminos antes de que la figura central de esta historia entre en escena. Y es entonces cuando Jesús aparece, silencioso pero decidido, acercándose al Jordán para ser bautizado. En ese instante, mientras el agua corre y la multitud observa, ocurre algo que transforma todo: “Y luego, al subir del agua, vio abrirse los cielos y al Espíritu como paloma que descendía sobre él” (Marcos 1:10). Es un momento que no se explica… se revela. Una declaración desde el cielo que te invita a seguir a Jesús como quien sigue una luz en medio de la noche. Pero esta revelación no marca un descanso; al contrario, te impulsa hacia un ritmo aún más rápido. Apenas Jesús es bautizado, es llevado al desierto, donde enfrenta la tentación, la soledad y la prueba. Y cuando regresa, regresa distinto: regresa con una misión. Comienza a proclamar: “El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). Es un llamado directo, que no permite neutralidad. Te invita a tomar una decisión, a responder. Y mientras te detienes un instante para comprender la profundidad de ese llamado, algo empieza a moverse frente a ti, como si los primeros pasos de Jesús abrieran un nuevo capítulo que te pide avanzar con él, dejándote llevar por la fuerza creciente de su enseñanza… Sigues avanzando junto a Él, y casi sin darte cuenta te ves caminando por las orillas del mar de Galilea. Jesús no se detiene. Su mensaje no es solo palabras; es movimiento, es invitación. Allí, sobre la arena húmeda, ves el momento en que fija su mirada en dos pescadores: Simón y Andrés. No les ofrece prestigio ni seguridad, solo una misión que cambiará su destino: “Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres” (Marcos 1:17). Lo sorprendente no es la invitación, sino la respuesta. Ellos dejan las redes “inmediatamente”. Esa palabra —tan frecuente en Marcos— te sacude. Todo ocurre deprisa, como si cada decisión fuera urgente, como si la vida se transformara en un abrir y cerrar de ojos. Y tú te preguntas qué habrías hecho si esa voz, firme y serena a la vez, hubiera resonado en tu propia orilla. Mientras avanzas con ese pensamiento, llegas a una sinagoga en Capernaúm. Jesús enseña, y no se parece a ningún otro maestro. La gente se maravilla porque habla “como quien tiene autoridad” (Marcos 1:22). Pero no solo enseña: confronta lo oculto, lo invisible. Un hombre poseído grita, y Jesús lo reprende con firmeza: “¡Cállate, y sal de él!” (Marcos 1:25). No hay espectáculo, no hay exageración; solo poder real. La multitud queda atónita. Tú también. Y mientras el rumor del asombro se extiende como un murmullo que crece en todas direcciones, te das cuenta de que nada volverá a ser igual. Ese mismo día, Jesús entra en la casa de Simón y Andrés, donde la suegra de Simón yace enferma con fiebre. Él toma su mano, la levanta, y la fiebre la deja. Un gesto sencillo, casi íntimo, pero con un significado profundo: Jesús no sólo libera y enseña; también toca, sana, restaura. Al caer la tarde, toda la ciudad se reúne a la puerta. Enfermos, atormentados, necesitados… todos vienen. Y Él los recibe. Los sana. Los escucha. Y tú observas cómo la luz se desvanece y una nueva claridad se abre paso: la certeza de que este camino apenas comienza, y que algo aún más profundo te espera mientras sigues los pasos del Maestro, dejando atrás las sombras del día anterior para entrar en un amanecer distinto que empieza a revelarse delante de ti… Y ese nuevo amanecer llega antes de que el sol asome por completo. Te sorprende ver a Jesús levantarse muy temprano, cuando aún reina la oscuridad, y dirigirse a un lugar desierto para orar. No lo hace por obligación, sino por comunión. Allí, en silencio, comprendes que su autoridad no nace del ruido, sino de la intimidad con el Padre. Ese momento te revela algo esencial: quien transforma multitudes primero busca la quietud del cielo. Pero la calma no dura mucho. Simón y los demás lo encuentran y le dicen: “Todos te buscan”. Y Jesús, en vez de regresar al lugar donde ya es admirado, responde con una decisión inesperada: “Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido” (Marcos 1:38). No se instala en el éxito; se mueve hacia lo que aún no ha sido tocado por la esperanza. Así te lleva a recorrer Galilea, viendo cómo proclama el mensaje, sana enfermos y libera a quienes viven oprimidos. Hasta que un día se acerca un leproso, alguien considerado intocable, alguien que la sociedad había condenado al aislamiento. El hombre se arrodilla y suplica: “Si quieres, puedes limpiarme” (Marcos 1:40). En esa frase sientes siglos de dolor acumulado. Entonces ocurre lo impensable. Jesús extiende la mano y lo toca. Lo toca. Antes de pronunciar palabra, antes de dar una instrucción… lo toca. Y después le dice: “Quiero, sé limpio” (Marcos 1:41). La lepra se va al instante. Tú observas ese gesto y entiendes que Jesús no solo tiene poder: tiene compasión. Rompe barreras, desafía miedos, restaura dignidades. La noticia se esparce como una corriente imparable. La gente quiere verlo, tocarlo, escucharle. Y sin embargo, Él se retira a lugares solitarios, buscando nuevamente esa conexión silenciosa que le sostiene. Ves en ese ritmo —multitudes y soledad, enseñanza y oración— una sabiduría que te invita a mirar tu propia vida de otra manera. Y mientras reflexionas sobre ese equilibrio perfecto entre la acción y la quietud, se abre ante ti un nuevo episodio, uno que desafiará todo lo que crees posible y que te hará avanzar con una expectativa distinta, como si las puertas de lo sobrenatural comenzaran a entreabrirse justo ante tus ojos… Esa expectativa creciente te acompaña cuando llegas a Cafarnaúm, donde Jesús vuelve a una casa que pronto se llena hasta el último rincón. La multitud es tanta que nadie puede entrar. Sin embargo, cuatro hombres se niegan a rendirse. Traen a un paralítico, decidido a colocarlo frente a Jesús cueste lo que cueste. Al ver que no pueden acercarse por la puerta, suben al techo, lo abren y descienden al hombre justo donde Jesús está. La escena te deja sin aliento. Es una mezcla de audacia, fe y desesperación. Y Jesús, al ver la determinación de esos amigos, pronuncia palabras que no solo sorprenden a todos, sino que desatan un conflicto: “Hijo, tus pecados te son perdonados” (Marcos 2:5). Los escribas murmuran en sus corazones: ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios? Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les pregunta: “¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados; o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?” (Marcos 2:9). Luego, para que todos comprendan su autoridad, se vuelve hacia el hombre y declara: “A ti te digo: Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa” (Marcos 2:11). Y ante tus ojos, el paralítico se incorpora. Toma su cama. Camina. Sale por donde no había podido entrar. Y mientras la multitud glorifica a Dios, tú sientes que algo se rompe y se reconstruye dentro de ti: la certeza de que Jesús no solo sana cuerpos, sino historias enteras. Ese asombro continúa cuando Jesús llama a Leví, un recaudador de impuestos, alguien considerado indigno por muchos. Lo mira y le dice simplemente: “Sígueme” (Marcos 2:14). Y Leví se levanta y lo sigue. Más tarde, Jesús se sienta a la mesa con pecadores y publicanos, provocando críticas de quienes no comprenden su misión. Pero Él responde con una claridad que atraviesa el tiempo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Marcos 2:17). Con cada paso, comprendes que Jesús no se ajusta a las expectativas humanas; las trasciende. No se cierra a quienes otros rechazan; los invita. No se encierra en tradiciones muertas; las renueva desde adentro. Y mientras esa comprensión se abre paso en tu mente, surge un nuevo contraste que te prepara para lo que viene: un encuentro donde las normas religiosas chocarán con la compasión, y donde verás cómo Jesús redefine lo sagrado de una manera que te impulsa aún más a seguirle… Ese choque entre tradición y compasión se hace evidente cuando Jesús y sus discípulos caminan por los sembrados en día de reposo. Los discípulos, hambrientos, arrancan espigas y las comen. Los fariseos, siempre atentos para señalar, lo cuestionan: ¿por qué hacen lo que no es lícito? Pero Jesús responde recordando la historia de David y concluye con una declaración que transforma por completo tu comprensión del descanso: “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo; así que el Hijo del Hombre es Señor aun del día de reposo” (Marcos 2:27-28). Comprendes que para Él las reglas no son cadenas; son caminos hacia la vida. Y esa verdad se vuelve aún más clara cuando entras en la sinagoga y ves a un hombre con la mano seca. Los fariseos observan, esperando un motivo para acusar a Jesús. Pero Él, mirándolos con una mezcla de indignación y tristeza, pregunta: “¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla?” (Marcos 3:4). El silencio de los acusadores pesa en el aire. Entonces Jesús le dice al hombre: “Extiende tu mano”, y al instante queda sana. Tú presencias esta escena y entiendes que Jesús no evita el conflicto cuando está en juego la vida. Actúa. Con valentía. Con misericordia. Con una autoridad que no pide permiso. Sin embargo, esa misma autoridad despierta oposición. Los fariseos comienzan a tramar contra Él, buscando cómo destruirlo. Y tú, al ver ese contraste —sanación de un lado, conspiración del otro— percibes que el camino que sigues junto a Jesús no es uno de comodidad, sino de propósito. A pesar de las amenazas, Jesús continúa su obra. Multitudes de todas partes vienen a Él. Galilea, Judea, Jerusalén, Idumea… llegan buscando esperanza. Jesús sana, enseña y libera, pero también pide a sus discípulos que tengan una pequeña barca lista para evitar ser aplastado por la multitud. Y es en medio de este movimiento constante cuando Jesús sube a un monte y llama a los que Él quiere. Allí elige a doce para que estén con Él, para enviarlos a predicar y para darles autoridad. No escoge a los más influyentes, sino a los dispuestos. Mientras observas a ese pequeño grupo recibir su misión, sabes que lo que viene será aún más intenso. Porque los milagros no solo atraerán admiración, sino también incomprensión. Y te preparas para entrar en esa tensión creciente, donde la identidad de Jesús será cuestionada, discutida… y finalmente revelada con una claridad sorprendente. Esa tensión no tarda en hacerse visible cuando Jesús regresa a casa y la multitud vuelve a reunirse, al punto de impedirle incluso comer. Algunos, al ver el ritmo incansable de su misión, comienzan a decir que está fuera de sí. Otros, especialmente los escribas que han bajado de Jerusalén, van más lejos: afirman que Jesús actúa por el poder de Beelzebú. Sus palabras te sorprenden, pero Jesús las responde con una lógica tan contundente que desarma toda acusación: “¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás?” (Marcos 3:23). Les habla de un reino dividido que no puede permanecer, de una casa enfrentada consigo misma que inevitablemente caerá. Y luego añade una advertencia profunda: “El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tiene jamás perdón” (Marcos 3:29). Comprendes que Jesús no solo confronta la mentira; protege la verdad que libera. En medio de estas discusiones, llegan su madre y sus hermanos, buscándolo. La multitud le avisa, pero Jesús responde con una enseñanza que te invita a mirar más allá de los vínculos tradicionales: “El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Marcos 3:35). Descubres que en este camino el parentesco se define por obediencia, por apertura del corazón, por la disposición a escuchar. Ese mismo día, Jesús sale a la orilla del mar, donde una multitud enorme se reúne para escucharlo. Para enseñarles mejor, sube a una barca y se sienta, mientras la gente permanece en la orilla. Y aquí, el Maestro cambia su manera de hablar: comienza a enseñarles con parábolas, historias aparentemente sencillas que esconden verdades profundas. Les presenta la parábola del sembrador, describiendo cómo la semilla cae en diferentes tipos de terreno: junto al camino, en pedregales, entre espinos y en buena tierra. Después, a solas con sus discípulos, les explica el significado, revelando que la semilla es la Palabra y el terreno es el corazón de cada oyente. Te das cuenta entonces de que Jesús no solo relata hechos; revela misterios. No solo habla a los oídos; habla al alma. Y mientras esa enseñanza resuena dentro de ti, Jesús continúa compartiendo parábolas sobre el crecimiento del Reino de Dios: la lámpara que debe ponerse en alto, la semilla que crece en secreto, el grano de mostaza que se convierte en un árbol frondoso. Cada historia parece abrir una ventana diferente hacia el cielo. Sientes que el Reino no es un concepto lejano, sino una realidad que germina silenciosamente dentro de quienes reciben su mensaje. Sin embargo, lo que está a punto de suceder te mostrará que este Reino no solo toca el corazón… también domina las fuerzas mismas de la naturaleza, y te prepara para entrar en un episodio donde el viento, el mar y el miedo se entrelazan en un momento decisivo que transformará tu percepción del poder de Jesús. Ese momento decisivo llega al caer la tarde, cuando Jesús dice a sus discípulos: “Pasemos al otro lado”. Subes a la barca con ellos, dejando atrás la multitud. El cielo comienza a oscurecerse y el mar, que al principio parecía tranquilo, pronto se agita con una violencia inesperada. El viento ruge, las olas golpean con fuerza y comienzan a llenar la barca de agua. En medio del caos, lo ves: Jesús duerme en la popa, sobre un cabezal. Su paz contrasta con el miedo que invade a los demás. Lo despiertan desesperados: “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?” (Marcos 4:38). Y entonces sucede algo que te deja sin palabras. Él se levanta, mira la tormenta y reprende al viento. Luego dice al mar: “¡Calla, enmudece!” (Marcos 4:39). En un instante, todo queda en calma. El silencio que sigue es más sobrecogedor que el estruendo previo. Luego Él pregunta: “¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?” (Marcos 4:40). Tú sientes ese cuestionamiento como si fuera para ti. Y la misma certeza que invade a los discípulos te alcanza: “¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4:41). Esa pregunta permanece en tu mente mientras llegas al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. Apenas Jesús pone pie en la tierra, un hombre poseído por un espíritu inmundo corre hacia Él desde los sepulcros. Su vida es un tormento: cadenas rotas, gritos, heridas. Nadie puede controlarlo. Pero Jesús no retrocede. Le ordena al espíritu que salga, y este responde revelando su nombre: “Legión”, porque eran muchos. Lo que ocurre después es un gesto de liberación radical. Jesús permite que los espíritus entren en una piara de cerdos, que se precipita al mar. Cuando la gente del lugar llega, ve al hombre —antes un símbolo de miedo— ahora sentado, vestido y en su juicio cabal. La transformación es tan profunda que, en lugar de celebrar, muchos sienten temor. El hombre liberado quiere seguir a Jesús, pero Él le da una misión distinta: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo” (Marcos 5:19). Comprendes que, a veces, el llamado no es partir, sino regresar para iluminar lo que conoces. Y así, mientras la barca vuelve a cruzar el lago y la multitud se reúne otra vez al ver a Jesús llegar, un nuevo capítulo, más intenso y humano, comienza a desplegarse. Dos historias entrelazadas, dos necesidades desesperadas y un solo poder capaz de responder en el momento justo… te preparan para presenciar encuentros que revelarán que la fe, incluso en su forma más frágil, puede abrir las puertas a lo imposible. En medio de aquella multitud que se agolpa a su regreso, un hombre avanza con urgencia. Es Jairo, principal de la sinagoga, alguien respetado, acostumbrado a tener respuestas… excepto ahora. Su voz tiembla cuando se postra ante Jesús y le ruega: “Mi hija está agonizando; ven y pon tus manos sobre ella para que sea salva y viva” (Marcos 5:23). Sin dudarlo, Jesús va con él. Pero el camino se vuelve más lento, más difícil, porque la gente lo rodea por todos lados. Es allí, entre empujones y miradas, donde aparece una mujer que ha sufrido doce años de hemorragias. Ha gastado todo en médicos sin encontrar alivio. Su cuerpo está debilitado, pero su esperanza se mantiene encendida. Cree que si tan solo toca el manto de Jesús, será sanada. Y lo hace. Apenas roza su ropa, siente en su interior que ha sido libre de su aflicción. Jesús se detiene. Pregunta: “¿Quién ha tocado mis vestidos?” (Marcos 5:30). Los discípulos no entienden; la multitud lo aprieta por todos lados. Pero Él sabe que algo diferente ha ocurrido. La mujer, temblando, se acerca y confiesa la verdad. Entonces Jesús le dice palabras que atraviesan el tiempo y llegan hasta ti: “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz” (Marcos 5:34). Comprendes que en el Reino de Dios no hay toque anónimo; hay encuentros personales, miradas que dignifican, historias que renacen. Mientras aún te conmueve esta escena, llegan mensajeros desde la casa de Jairo. Su rostro lo dice todo: “Tu hija ha muerto; ¿para qué molestar más al Maestro?” (Marcos 5:35). El mundo de Jairo parece derrumbarse, pero Jesús se vuelve hacia él y pronuncia una frase que sostiene lo imposible: “No temas; cree solamente” (Marcos 5:36). En silencio, y con esa promesa latiendo en el aire, llegan a la casa. Hay llanto, lamentos, incredulidad. Jesús dice que la niña no está muerta, sino dormida, y muchos se burlan de Él. Pero Jesús entra solamente con los padres y tres de sus discípulos. Toma la mano de la niña y declara: “Talita cumi”, que significa: “Niña, a ti te digo, levántate” (Marcos 5:41). Y delante de ti, la niña se levanta y camina. El asombro lo inunda todo. Jesús les pide que no lo divulguen y que le den de comer. En este gesto simple ves un amor que no solo vence la muerte, sino que también cuida detalles cotidianos. Con ese milagro grabado en tu corazón, continúas avanzando con Jesús, porque lo que sigue te mostrará cómo incluso en los lugares familiares, donde todos creen conocerlo, su mensaje puede encontrar resistencia… y aun así, Él sigue adelante, fiel a su misión. Con ese milagro aún resonando en tu interior, acompañas a Jesús a su tierra, a Nazaret. Un lugar donde las calles, los rostros y las voces le son familiares. Sin embargo, al entrar en la sinagoga y enseñar, notas algo distinto: en lugar de asombro, surge incredulidad. Muchos dicen: “¿No es este el carpintero, el hijo de María?” (Marcos 6:3). Lo conocen… o creen conocerlo. Y precisamente por esa familiaridad, se niegan a ver quién es realmente. Jesús se maravilla de su incredulidad. Es un contraste profundo: en otros lugares, la fe abre puertas a lo imposible; aquí, la falta de fe las cierra. Sin embargo, Él no se detiene. Recorre las aldeas enseñando, sembrando esperanza incluso en terrenos difíciles. Es entonces cuando llama a los doce y los envía de dos en dos. Les da autoridad para sanar, liberar y anunciar que el Reino de Dios está cerca. No les permite llevar mucho: ni pan, ni alforja, ni dinero. Solo un bordón y la confianza absoluta en la provisión divina. Comprendes que el discipulado no es comodidad; es dependencia. No es poder humano; es obediencia. Mientras ellos salen en misión, el relato te lleva a un palacio donde se desarrolla una historia oscura. Herodes ha oído hablar de Jesús y está inquieto. Algunos dicen que es Elías; otros, que es un profeta. Pero Herodes teme que Juan el Bautista haya resucitado. Entonces recuerdas lo sucedido: Juan había denunciado la relación ilícita entre Herodes y Herodías, y por ello fue encarcelado. En una fiesta marcada por el orgullo y la manipulación, la hija de Herodías baila, y Herodes, en un arrebato, promete darle lo que pida. Influenciada por su madre, exige la cabeza de Juan en una bandeja. Herodes se entristece, pero por los juramentos y por los invitados, ordena la ejecución. El silencio que sigue a este recuerdo es pesado. Sientes el dolor de un mundo donde la verdad puede ser silenciada por el poder, y donde la justicia parece frágil. Pero cuando los discípulos de Juan recogen su cuerpo y lo sepultan, sabes que la misión del Reino no se detendrá. Los apóstoles regresan con Jesús y le cuentan todo lo que han hecho y enseñado. Están cansados, pero llenos de experiencias que los han transformado. Jesús los invita entonces a apartarse a un lugar desierto para descansar. Sin embargo, al llegar, descubren que una multitud inmensa ya los espera. En vez de frustrarse, Jesús los mira con compasión. Dice Marcos que eran como ovejas sin pastor. Y allí, en ese espacio abierto, mientras el sol comienza a descender, te preparas para presenciar uno de los actos más significativos de su ministerio… un acto que revelará cómo la compasión de Jesús se convierte en provisión abundante, incluso cuando los recursos parecen insuficientes. En aquel lugar desierto, la multitud sigue llegando hasta formar un número abrumador: cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. El día avanza y los discípulos se preocupan. Le dicen a Jesús que despida a la gente para que busquen comida en las aldeas cercanas. Pero entonces escuchas una frase sorprendente, casi imposible: “Dadles vosotros de comer” (Marcos 6:37). Los discípulos miran alrededor, confundidos. ¿Cómo alimentar a tantos con tan poco? Encuentran apenas cinco panes y dos peces. Jesús los toma, mira al cielo, bendice los alimentos y los entrega para que los repartan. Y lo que ocurre después desafía toda lógica: el pan no se acaba, los peces tampoco. Todos comen hasta quedar satisfechos, y aun así, recogen doce canastas llenas de sobras. En ese acto ves que la compasión de Jesús no solo reconoce la necesidad… la transforma en abundancia. Inmediatamente después, Jesús ordena a sus discípulos subir a la barca y dirigirse al otro lado, mientras Él despide a la multitud y sube al monte a orar. La noche cae, y desde la distancia ves la barca luchando contra el viento contrario. En la cuarta vigilia de la noche, Jesús se acerca caminando sobre el mar. Los discípulos, aterrados, piensan que es un fantasma. Pero Él les habla con una voz que atraviesa el miedo: “¡Ánimo! Soy yo; no temáis” (Marcos 6:50). Cuando sube a la barca, el viento cesa. Y una vez más, descubres que su presencia trae calma donde antes había tormenta. Al llegar a tierra, en Genesaret, la gente corre por toda la región llevando enfermos en camillas. Dondequiera que Jesús va —aldeas, ciudades o campos— los enfermos le suplican tocar siquiera el borde de su manto, y todos los que lo tocan quedan sanos. A cada paso ves vidas restauradas, esperanzas encendidas, cargas aliviadas. Sin embargo, la oposición no desaparece. Fariseos y escribas vienen desde Jerusalén para confrontarlo. Critican a sus discípulos por no seguir ciertas tradiciones de los ancianos relacionadas con los lavamientos rituales. Jesús responde con firmeza, citando palabras del profeta Isaías: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6). Luego explica que nada de lo que entra en el hombre puede contaminarlo, sino lo que sale de su corazón. En ese momento, entiendes que para Jesús la verdadera pureza no viene de rituales externos, sino de una transformación profunda del alma. Tras esa intensa confrontación, Jesús se dirige a las regiones de Tiro y Sidón, lugares donde la fe no siempre se espera. Y allí, una mujer sirofenicia, extranjera y persistentemente valiente, se acercará a Él con un ruego que revelará cómo la misericordia de Jesús cruza fronteras, rompe barreras y abre puertas que nadie más podría abrir. Mientras avanzas por el Evangelio de Marcos, notas que Jesús nunca te ofrece un camino fácil. Él no maquilla la realidad, no te promete comodidad, no suaviza la verdad para que te guste más. Al contrario, te mira directamente y te dice: “Si quieres seguirme, toma tu cruz.” Y tú sientes el peso de esas palabras, porque sabes que una cruz no es un adorno… es una decisión. Jesús no te invita a una religión vacía, sino a una transformación profunda. Te pide valentía para soltar lo que te ata, fuerza para decir no a lo que te destruye, fe para dar pasos que aún no entiendes. Y aunque parezca desafiante, también descubres algo poderoso: Él nunca te pide nada sin caminar contigo. En Marcos, Jesús siempre va adelante. Va primero al desierto, primero al dolor, primero al rechazo, primero a la cruz. Pero también va primero a la resurrección. Y tú comprendes que seguirlo no es perder tu vida: es encontrarla. Aquí, en esta parte del Evangelio, entiendes que tu fe no se define por lo que dices, sino por lo que eliges cuando nadie te ve. Por eso, Jesús te invita a una autenticidad radical: vivir con un corazón firme, una mente clara y una convicción que no negocia tu propósito ante las tormentas. Porque al final, seguirlo a Él es caminar hacia la verdad… aunque el camino sea estrecho. Y llegas al final del Evangelio de Marcos… un final que no solo se lee, se siente. Las mujeres llegan al sepulcro esperando encontrar muerte, pero encuentran vida. Esperan silencio, pero escuchan un anuncio. Esperan derrota, pero contemplan la mayor victoria de la historia: Él no está aquí… ha resucitado. De pronto, comprendes que este no es un cierre, sino un comienzo. Marcos no quiere que seas un espectador; quiere que seas un testigo. Te muestra la resurrección como un llamado a moverte, a hablar, a levantar la mirada, a vivir con propósito. Ya no eres alguien que solo recibe la noticia… ahora eres parte de ella. Y la voz del mensajero en el sepulcro parece dirigirse directamente a ti: “Ve y dile…” Ve y comparte esperanza. Ve y perdona. Ve y renueva tu vida. Ve y confía incluso cuando no entiendas. Ve, porque Él va delante de ti… siempre. La resurrección en Marcos no es un símbolo: es una invitación. Es la certeza de que nada está perdido, de que incluso en tus días más oscuros hay una piedra lista para rodarse, una luz lista para levantarse, una promesa lista para cumplirse. Aquí termina el Evangelio… pero comienza tu camino. Un camino en el que Jesús sigue hablando, sigue guiando y sigue resucitando lo que en tu interior parecía muerto. Un camino donde tú también eres enviado, portador de la misma luz que cambió al mundo para siempre.

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Pasto: encuentro nacional muestra logros de Tecnologías para Aprender 2025

Pasto: encuentro nacional muestra logros de Tecnologías para Aprender 2025Este 11 de diciembre, la Escuela Normal Superior de Pasto será el escenario del encuentro nacional de la estrategia “Tecnologías para Aprender”, un espacio que reúne a más de 400 participantes de 11 regiones del país para visibilizar los avances pedagógicos, comunicativos y tecnológicos alcanzados durante 2025 en la implementación de los Centros de Interés de programación y tecnología.El evento, organizado por Computadores para Educar con la Universidad EAFIT, busca fortalecer la red nacional de maestros y promover el intercambio de saberes, la formación y el relacionamiento positivo de la comunidad educativa. El director de Computadores para Educar, Oscar Sánchez hará la apertura del evento mostrando los avances de la estrategia en el país.Una celebración del talento y la innovación educativaDurante la jornada, delegaciones de instituciones educativas con proyectos destacados —conformadas por docentes, estudiantes, directivos y familias— compartirán sus experiencias y buenas prácticas en la implementación de los Centros de Interés con el uso pedagógico de la tecnología. Además, participarán rectores de instituciones educativas de Nariño, tutores PTFI 3.0, mentores regionales y coordinadores territoriales.En el encuentro también se realizará una feria de experiencias, talleres diferenciados para adultos y estudiantes, y una zona interactiva donde los asistentes podrán explorar dinámicas innovadoras como un juego de tarjetas para crear el himno de Tecnologías para Aprender, el Mapa de sueños 2026 con ChatGPT, y espacios de narración de vivencias en territorio. “Tecnologías para Aprender 2025” es una estrategia nacional de Computadores para Educar alienada con el Plan Nacional de Desarrollo y la apuesta por la Formación Integral, que tiene como propósito fortalecer los procesos pedagógicos en establecimientos educativos oficiales de educación básica y media, mediante formación, acompañamiento técnico y pedagógico, y/o dotación tecnológica desde la realidad territorial y los proyectos y centros de interés de las escuelas.

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