¿Existe la guerra justa? Una mirada desde la historia del derecho internacional
Hablar de guerra siempre incómoda. No solo porque implica muerte, destrucción y dolor, sino porque casi siempre llega envuelta en palabras nobles: defensa, seguridad, libertad, justicia. Desde hace siglos, el derecho internacional ha intentado ponerle límites a ese impulso devastador, construyendo una pregunta tan antigua como perturbadora: ¿cuándo es legítimo hacer la guerra? La idea de la guerra justa no nació para glorificar la violencia, sino para contenerla. En la tradición cristiana y jurídica occidental, desde San Agustín hasta Santo Tomás de Aquino, la guerra fue entendida como un mal tolerado sólo en circunstancias extremas. No cualquier causa servía. Se exigía autoridad legítima, una causa justa y una intención recta: no venganza, no ambición, no dominación. Con la llegada de la modernidad y la expansión europea, esta pregunta se volvió aún más urgente. Francisco de Vitoria, padre del derecho internacional, se enfrentó a un dilema histórico: ¿era justa la guerra contra los pueblos indígenas de América? Su respuesta fue incómoda para el poder de su tiempo. Negó que la religión, la superioridad cultural o el simple descubrimiento fueran causas legítimas de guerra. Los indígenas, dijo, eran pueblos con dignidad, con derechos, con soberanía. La guerra sólo podía justificarse frente a una injuria real, grave y actual, y aun así debía ser el último recurso. Pero no todos pensaban igual. Juan Ginés de Sepúlveda defendió la guerra contra los indios bajo el argumento de la civilización. Para él, algunos pueblos eran “inferiores” y, por tanto, susceptibles de ser dominados “por su propio bien”. Esta idea, tan brutal como persistente, dejó una huella profunda: la guerra comenzó a justificarse no por lo que el otro hacía, sino por lo que se decía que era. Con Hugo Grocio, el derecho internacional dio un paso decisivo: la guerra debía ser regulada por el derecho, no por la fuerza y sólo era legítima como defensa frente a una agresión real y para restablecer la paz. Grocio fue claro: la amenaza futura, la sospecha o el miedo no justifican la guerra. Cuando la guerra se adelanta “por si acaso”, deja de ser justa y se convierte en agresión. Después de dos guerras mundiales, la comunidad internacional intentó cerrar definitivamente esa puerta. La Carta de las Naciones Unidas prohibió el uso de la fuerza entre Estados y sólo admitió dos excepciones estrictas: la legítima defensa frente a un ataque armado real y la acción colectiva autorizada por el Consejo de Seguridad. La guerra preventiva quedó expresamente excluida de ese marco. El mensaje era claro: la guerra no puede ser una decisión unilateral basada en temores, sospechas o cálculos estratégicos, sino una excepción sometida a control jurídico internacional Ese marco jurídico, pensado para impedir que la fuerza se imponga sobre el derecho, ha sido tensionado de manera recurrente en la práctica internacional. La historia reciente muestra que, con facilidad, la legítima defensa se desliza hacia la lógica de la anticipación o la recurrente guerra preventiva, haciendo que la idea de seguridad se convierta en un argumento válido para la intervención en la soberanía de un país. Hoy, el debate reaparece con fuerza en el escenario internacional frente a Venezuela y el gobierno de Nicolás Maduro. Se habla de intervención, de amenazas, de estabilidad regional, de salvación democrática. El lenguaje es distinto, pero la pregunta es la misma que se hacían Vitoria y Grocio: ¿existe una injuria real que justifique la guerra o estamos ante una construcción política del enemigo? Desde la ética ciudadana, el problema es aún más profundo. Porque quienes deciden la guerra rara vez son quienes la padecen. Se decide desde escritorios, discursos y estrategias; se sufre en territorios, fronteras y cuerpos concretos. El derecho internacional intenta ser ese freno racional frente al impulso de resolverlo todo con fuerza, pero cada vez que se estira su significado, pierde credibilidad. La historia nos enseña algo incómodo: todas las guerras se justifican a sí mismas. La verdadera pregunta no es si una guerra parece buena, sino si resiste el escrutinio ético y jurídico cuando se apagan los discursos y quedan los muertos. Tal vez por eso la guerra justa sigue siendo una pregunta sin respuesta definitiva. No porque el derecho sea débil, sino porque la tentación de usar la fuerza siempre va un paso adelante de la justicia. Y ahí, en esa tensión, es donde la ciudadanía debe volver a preguntar, una y otra vez, si lo que se presenta como necesario es realmente justo. Referencias. Arriaga Benítez, J. (2021). Justificar la guerra: enfoques teóricos de Hugo Grocio vigentes en el siglo XXI. Revista de Estudios Internacionales. García Ayala, V. (2019). La teoría de la guerra justa en Francisco de Vitoria. Universidad de Valladolid. Grocio, H. (1925). Del derecho de la guerra y de la paz (J. Torrubiano Ripoli, Trad.). Editorial Reus. Pastrana Buelvas, E., & Trujillo Méndez, J. (2011). La Operación Fénix de las Fuerzas Armadas Colombianas a la luz del Derecho Internacional. Revista de Relaciones Internacionales.