Expertos analizan por qué las fiestas de fin de año pueden generar tristeza y ofrecen estrategias para gestionarla



La llegada de diciembre, una época asociada comúnmente con la celebración, se convierte para muchas personas en un período emocionalmente complejo que intensifica la tristeza, la nostalgia y la angustia. Factores como los balances personales, las presiones familiares y laborales, las dificultades económicas, los duelos por ausencias y los cambios en la rutina pueden potenciar una sensación de soledad, incluso al estar rodeado de seres queridos. Según Sandra Camacho, decana del programa de psicología de la UNICOC, existe una presión social y comercial que impone la obligación de sentirse feliz constantemente, lo que genera frustración y culpa en quienes no logran conectar con ese estado de ánimo.
Esta “tristeza navideña” suele ser transitoria y disminuye con el regreso a la normalidad en enero.
Sin embargo, es crucial diferenciarla de un cuadro que requiere atención profesional.
Se recomienda buscar ayuda si la tristeza persiste por más de dos semanas, afecta el desempeño diario o se acompaña de síntomas como aislamiento, irritabilidad, cambios en el sueño o el apetito, desesperanza o pensamientos de autolesión.
Para afrontar estas emociones, los expertos sugieren estrategias prácticas como establecer límites a los compromisos sociales, organizar el tiempo para evitar sobrecargas y comunicar las propias necesidades.
Prácticas como la meditación (mindfulness), técnicas de respiración y relajación muscular, junto con el apoyo de personas de confianza, favorecen la regulación emocional. Asimismo, el autocuidado es fundamental, lo que incluye mantener rutinas de sueño, una alimentación regular y evitar el consumo excesivo de alcohol.
En este contexto, crear nuevas tradiciones, honrar simbólicamente a quienes ya no están y participar en actividades con sentido puede ayudar a transitar las fechas con mayor serenidad.
Incluso, la decisión de pasar el Año Nuevo en soledad, que cada vez es más común, puede ser un reflejo de bienestar emocional y no necesariamente de tristeza.
Permitirse sentir sin culpa es el primer paso para cerrar el año con mayor equilibrio y empezar el siguiente con una relación más saludable con uno mismo.





