Japón aprueba la reactivación de su mayor central nuclear en medio de tensiones por un debate sobre armas atómicas



La prefectura de Niigata aprobó la reactivación de la central nuclear de Kashiwazaki-Kariwa, la mayor del mundo por su capacidad instalada, que permanecía inactiva desde el desastre de Fukushima en 2011. La decisión, impulsada por el gobernador Hideyo Hanazumi, era el último requisito que necesitaba la operadora Tokyo Electric Power Company (TEPCO) para proceder con el reinicio. Aunque el regulador nuclear nacional ya había autorizado la puesta en marcha de dos de sus siete reactores en 2017, el proceso se había estancado por fallas de seguridad y la falta del aval local. Si bien TEPCO anunció que algunas obras se extenderán hasta 2029, la aprobación marca un hito para la compañía y la política energética del país. La reactivación de Kashiwazaki-Kariwa, con una capacidad superior a los 8 gigavatios, es fundamental para la estrategia del gobierno japonés de reducir la dependencia de combustibles fósiles y garantizar la estabilidad energética ante la creciente demanda. Sin embargo, la medida enfrenta una considerable oposición ciudadana.
Organizaciones y manifestantes expresaron su rechazo, recordando el trauma de Fukushima y la desconfianza hacia TEPCO. El gobernador Hanazumi aseguró que la decisión se tomó tras un análisis exhaustivo de las opiniones de los residentes. De forma paralela, el debate nuclear en Japón se ha extendido al ámbito militar, generando una fuerte controversia. Un asesor de seguridad de la primera ministra, Sanae Takaichi, declaró que el archipiélago "debería poseer armas nucleares", lo que desató una tormenta política y la condena de grupos pacifistas, especialmente en el marco de la conmemoración de los 80 años de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.
Estas declaraciones provocaron una enérgica reacción internacional.
Corea del Norte emitió una dura advertencia, afirmando que cualquier intento de Tokio por adquirir armamento atómico "debe ser evitado a cualquier costo" y que cruzaría una "línea roja" que podría llevar a un "horrible desastre nuclear". Aunque el gobierno japonés aclaró que se trataba de una opinión personal y reafirmó su política oficial de los "tres no-nucleares" (no poseer, no producir ni permitir armas nucleares), el incidente ha elevado las tensiones en una región ya marcada por la inestabilidad estratégica.










