Estados Unidos captura a Nicolás Maduro y abre un diálogo con la presidenta interina Delcy Rodríguez



La captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, por fuerzas estadounidenses el pasado 3 de enero ha sumido al país en un profundo vacío de poder y ha reconfigurado el escenario geopolítico.
Maduro fue trasladado a Estados Unidos para enfrentar cargos federales en Nueva York por narcoterrorismo, narcotráfico y armas.
En respuesta, el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela designó a la entonces vicepresidenta, Delcy Rodríguez, como presidenta interina. Tras la operación militar, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, manifestó su disposición a reunirse con Rodríguez, indicando que la relación entre ambos países está evolucionando. Sin embargo, este acercamiento diplomático está condicionado por los intereses estadounidenses, ya que Trump ha exigido acceso total a los vastos recursos petroleros de Venezuela y ha advertido a la nueva mandataria de severas consecuencias si no coopera con los objetivos de Washington. Por su parte, Rodríguez ha expresado el deseo de construir una relación basada en el respeto y la cooperación.
Internamente, la situación es de alta volatilidad. La captura de Maduro no ha dado paso a una transición clara, sino a la coexistencia de tres proyectos incompatibles que se anulan mutuamente: el de Estados Unidos, que busca ejercer poder a distancia sin una ocupación militar; el de la oposición democrática, que cuenta con legitimidad pero carece de fuerza armada; y el del chavismo sin Maduro, que se enfoca en la resistencia y el control fragmentado.
Este estancamiento, según analistas, no conduce a una resolución, sino a una violencia intermitente y localizada.
El suceso ha generado tensiones internacionales, con varios países expresando preocupación por la violación de la soberanía venezolana y poniendo en un dilema diplomático a naciones como México, presidido por Claudia Sheinbaum. Algunos analistas enmarcan la intervención estadounidense como parte de la consolidación de un nuevo orden mundial, donde potencias como Estados Unidos, Rusia y China delimitan sus esferas de influencia para asegurar recursos estratégicos.























