Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda lideran la intención de voto para 2026 mientras los partidos tradicionales enfrentan crisis internas


Según la primera encuesta del año de la firma AtlasIntel, publicada por la revista Semana, Abelardo de la Espriella lidera la intención de voto para la presidencia con un 28 %, seguido de cerca por Iván Cepeda, del Pacto Histórico, con un 26,5 %. En un tercer lugar se ubica Sergio Fajardo con un 9,4 %.
El sondeo, realizado a cinco meses de la primera vuelta, también proyecta escenarios de balotaje en los que De la Espriella se impondría tanto a Cepeda (44,2 % vs.
34,9 %) como a Fajardo (37,9 % vs.
23,2 %).
Estos resultados reflejan un electorado polarizado entre dos proyectos ideológicos definidos y una opción de centro que busca consolidarse.
En contraste con la aparente definición de estos candidatos, los partidos tradicionales enfrentan una parálisis interna.
El Partido Conservador atraviesa una grave crisis para elegir a su abanderado entre al menos cinco precandidatos, incluyendo a Efraín Cepeda y Carlos Felipe Córdoba.
La falta de un mecanismo de selección claro y las pugnas de poder han estancado el proceso, generando denuncias sobre falta de garantías y el riesgo de que la colectividad se quede sin candidato presidencial, a pesar de contar con una importante bancada en el Congreso.
Esta incertidumbre se extiende a otras fuerzas políticas.
El Partido Liberal, Cambio Radical y el Partido de La U tampoco han consolidado una candidatura propia o una alianza sólida. Aunque se han explorado opciones como una gran consulta interpartidista de centro y derecha para competir con el Pacto Histórico, estas iniciativas no han prosperado debido a reticencias internas y falta de consenso. Partidos como el Liberal y Cambio Radical se retiraron de dicha consulta, optando por evaluar otras estrategias, lo que acentúa la fragmentación del voto no oficialista.
Este escenario se desarrolla en un contexto donde las encuestas adquieren una notable influencia en la opinión pública, capaces de redefinir climas políticos y generar reacciones emocionales en el electorado.
Mientras la clase política tradicional muestra dificultades para articular propuestas, la carrera presidencial avanza con una clara tensión entre figuras emergentes que capitalizan el descontento y estructuras partidistas debilitadas por sus conflictos internos.














