Por un lado, tiene raíces en ritos paganos europeos donde el fuego actúa como elemento purificador. Sin embargo, su forma actual se consolidó en el siglo XIX en Guayaquil, Ecuador, como una respuesta simbólica para enfrentar epidemias devastadoras como la fiebre amarilla, buscando "limpiar el aire" de la enfermedad. En Colombia, particularmente en regiones como Nariño, la tradición evolucionó para convertirse en un "editorial de las calles" y una forma de "justicia popular simbólica". Los muñecos a menudo representan a políticos, celebridades o personajes que marcaron negativamente el año, funcionando como una crítica colectiva y un acto de catarsis. Esta práctica se complementa con el "testamento", un escrito en rima que narra de forma cáustica los sucesos del año. Hoy, la tradición enfrenta desafíos modernos, como las regulaciones de seguridad que prohíben el uso de pólvora en los muñecos y establecen multas para quienes queman estos monigotes en la vía pública sin autorización. Esto ha llevado a una transición hacia "muñecos ecológicos" o de exhibición, priorizando su valor artístico sobre la quema explosiva, aunque la esencia del ritual, arder para renacer, permanece intacta.