Por un lado, se encuentran quienes defienden férreamente el derecho internacional y condenan cualquier intervención unilateral, argumentando que sienta un "precedente muy peligroso" y debilita el multilateralismo, una postura defendida por el gobierno Petro y analistas como el columnista de La Silla Vacía que responde a críticas. Esta visión sostiene que, a pesar de sus defectos, el orden basado en reglas de la Carta de la ONU es la única garantía para países de poder medio como Colombia frente al "capricho de las grandes potencias". Por otro lado, surgen voces que, sin justificar abiertamente la intervención, señalan la ineficacia y el "fetichismo normativo" del derecho internacional para lidiar con regímenes tiránicos como el de Maduro. Critican la falta de respuesta de la comunidad internacional y argumentan que este vacío de poder legitima acciones unilaterales. Este debate obliga a Colombia a reflexionar sobre su rol en la región: ¿debe priorizar la defensa estricta de la no intervención, o debe adoptar una postura más pragmática que contemple acciones más contundentes frente a dictaduras que generan crisis humanitarias y de seguridad regional? La discusión evidencia la tensión entre un idealismo jurídico y un realismo político que marcará la política exterior colombiana en los próximos años.