Esta tendencia está transformando la manera en que se compite por el poder, priorizando las figuras individuales sobre las plataformas partidarias. Un análisis de la precampaña revela que, con la excepción del Pacto Histórico y el Centro Democrático que mantienen estructuras más cohesionadas, la mayoría de los partidos tradicionales parecen condenados a la irrelevancia en la elección presidencial. Organizaciones como los partidos Liberal, Conservador, La U y Cambio Radical enfrentan divisiones internas o dependen de decisiones individuales, mientras que la Alianza Verde optó por no tener un rol protagónico. Este fenómeno se manifiesta en tres síntomas clave: la multiplicación de coaliciones con el único fin de superar el umbral electoral, la proliferación de personerías jurídicas que fragmentan el espectro político, y la incapacidad de los partidos para seleccionar candidatos mediante procesos democráticos internos como las consultas. En el ámbito legislativo, aunque los partidos mantienen relevancia para conservar su personería jurídica, la estrategia dominante es la conformación de alianzas para la Cámara de Representantes. Esto conduce a un escenario de microbancadas y a una representación opaca, donde el voto de un ciudadano puede terminar eligiendo a un candidato de otro partido con una ideología opuesta, como ocurrió con la Coalición Esperanza en 2022. Este panorama anticipa un Congreso ingobernable y proclive a la corrupción, independientemente de quién ocupe la presidencia.