La intervención militar estadounidense y la posterior captura de Nicolás Maduro sumieron a la población venezolana en un estado de profunda incertidumbre y temor, generando escenas de pánico y una tensa calma tanto en las principales ciudades como en las zonas fronterizas con Colombia. En Caracas, tras las explosiones nocturnas, las calles amanecieron mayormente vacías mientras los ciudadanos se resguardaban en sus hogares, temerosos de una escalada de violencia. Testimonios de residentes describen la potencia de las detonaciones, con un ciudadano afirmando que su “edificio tembló 3 veces”. Este miedo se tradujo rápidamente en acciones de previsión: en varias regiones del país, incluyendo la Isla de Margarita, se formaron largas filas en supermercados, farmacias y estaciones de gasolina, con personas buscando abastecerse de productos básicos ante un futuro incierto. La situación en la frontera colombo-venezolana también se tornó crítica.
En Cúcuta, un punto neurálgico para el tránsito y el comercio binacional, reinaba una “tensa calma”.
El paso fronterizo de Paraguachón, en La Guajira, fue bloqueado, paralizando la actividad comercial y generando zozobra entre los habitantes que dependen de él. A esta crisis humanitaria se suma el reporte de al menos 40 muertes, incluyendo civiles, como consecuencia directa de los ataques estadounidenses, lo que evidencia el alto costo humano de la operación.
En resumenLa operación militar de EE. UU. generó un impacto social inmediato y severo en Venezuela, caracterizado por el miedo, las compras de pánico y la parálisis de zonas fronterizas clave. La incertidumbre sobre el futuro y el reporte de víctimas civiles reflejan las graves consecuencias humanitarias de la intervención.