Esta decisión materializó una amenaza que había estado latente durante años.
La política de Trump hacia Venezuela se caracterizó por un rumbo confrontacional, buscando reposicionar a Estados Unidos como un actor central en la resolución de conflictos internacionales, con un enfoque particular en el acceso a recursos naturales y la contención de gobiernos ideológicamente opuestos. La estrategia de seguridad nacional de su segundo mandato se describe como un intento de romper con las “antiguas reglas” de la diplomacia. Analistas citados en los textos, como el exembajador John Feeley, ya habían advertido sobre la posibilidad de una escalada, afirmando que Trump necesitaba “destruir algunos objetivos en Venezuela o parecerá débil”. La intervención se enmarca en una visión de política exterior que prioriza la demostración de fuerza y los resultados visibles, en línea con su lema de “hacer a Estados Unidos grande de nuevo”.












