Por su parte, Cuba, un aliado histórico de Caracas, fue más allá y acusó directamente a Washington de tener como objetivo un cambio de régimen tanto en Venezuela como en la propia isla. La cancillería cubana denunció la política estadounidense como una amenaza para la estabilidad de la región. Estas declaraciones demuestran que la estrategia de mano dura de la administración Trump no cuenta con un respaldo unánime en América Latina. La falta de consenso debilita la presión diplomática sobre el gobierno de Maduro y alimenta la narrativa de que el conflicto es una manifestación del histórico intervencionismo estadounidense en la región, en lugar de una lucha por la democracia en Venezuela.