En el marco de esta ofensiva, que se remonta a una orden secreta firmada por Trump en julio, las fuerzas estadounidenses han destruido al menos 30 embarcaciones, principalmente lanchas rápidas, resultando en más de 100 muertes.
Uno de los incidentes más notorios fue la persecución del superpetrolero Bella 1, que se dirigía a Venezuela para recoger crudo. La Guardia Costera estadounidense intentó interceptarlo, y en un acto de desafío, la tripulación pintó la bandera rusa en el casco del buque. Washington ha considerado el uso de la fuerza para abordar la embarcación. Rusia ha condenado enérgicamente estas acciones, acusando a Estados Unidos de “reavivar la piratería”. De manera similar, un grupo de expertos de la ONU describió el bloqueo naval como un “ataque armado” y señaló que al menos dos buques ya han sido confiscados. La estrategia de presión marítima no solo busca asfixiar económicamente al gobierno de Maduro, sino que también proyecta la fuerza estadounidense en una región geopolíticamente sensible, acarreando altos costos operativos y diplomáticos.












