El apoyo de ambas potencias ha sido explícito y contundente.
La cancillería rusa acusó a la administración Trump de estar “reavivando la piratería” y declaró que Moscú ofrece “toda su cooperación” para ayudar a Venezuela a romper el cerco naval. Por su parte, China criticó las operaciones militares estadounidenses en el Caribe, afirmando que “amenazan la paz y la seguridad en América Latina” y constituyen una “intimidación unilateral” y una “grave violación del derecho internacional”.
Este respaldo no se limita a la retórica; se ha traducido en un desafío directo al bloqueo, como lo demuestra el envío de un buque petrolero ruso sancionado por Europa con destino a Cuba. La intervención de Moscú y Pekín transforma la tensión bilateral entre Washington y Caracas en un escenario de confrontación entre grandes potencias, donde Venezuela se convierte en un punto focal de la resistencia al unilateralismo estadounidense. El canciller venezolano, Yván Gil, agradeció públicamente el apoyo ruso ante las acciones “belicistas” de Estados Unidos, consolidando una alianza estratégica que complica los planes de Washington en la región.












