Por su parte, Beijing expresó su oposición a “toda intimidación unilateral” y a cualquier acto que viole la soberanía de otros países. En el ámbito latinoamericano, los líderes de las dos mayores economías de la región han abogado por la desescalada. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, advirtió que una intervención armada en Venezuela sería una “catástrofe humanitaria” e insistió en su disposición para mediar.
De manera similar, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, instó a las Naciones Unidas a interceder para encontrar soluciones pacíficas y “evitar el derramamiento de sangre”. Este llamado a la moderación de los países latinoamericanos contrasta con el apoyo de otros líderes regionales, como Javier Milei de Argentina, quien celebró la presión de Trump. Esta divergencia de posturas evidencia la polarización que la crisis genera en el continente y el rol crucial que Brasil y México intentan jugar como mediadores para prevenir un conflicto de mayores proporciones.













