Aunque Washington enmarca estas acciones como una operación a gran escala contra el narcotráfico, Caracas las interpreta como una amenaza directa y un preludio a una posible intervención militar.

El despliegue incluye el portaviones más grande del mundo, el USS Gerald R. Ford, junto con una flotilla de buques de guerra, submarinos nucleares y aviones de combate. Como parte de estas operaciones, se han realizado sobrevuelos de bombarderos B-52 y cazas F-18 en las proximidades del espacio aéreo venezolano.

El objetivo declarado es combatir a los “narcoterroristas”, y el secretario de Defensa estadounidense ha afirmado que Washington va a “perseguir a los narcoterroristas” porque tiene “todo el derecho del mundo”.

Sin embargo, el gobierno venezolano considera estas maniobras como un acto de intimidación destinado a forzar un cambio de régimen. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, advirtió a Estados Unidos: “No cometan el error de agredir”, y afirmó que Venezuela está “dispuesta a todo”. Las operaciones militares no han estado exentas de incidentes, con informes que mencionan ataques a embarcaciones sospechosas que han resultado en más de 80 muertes, calificadas por algunos analistas como ejecuciones extrajudiciales. Esta intensificación de la actividad militar ha creado un escenario de alta volatilidad, llevando a Venezuela a poner a sus propias fuerzas armadas en estado de alerta máxima.