A continuación, se analiza este complejo escenario.
La economía venezolana, altamente dependiente del petróleo, enfrenta desafíos monumentales.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé una contracción del PIB y una inflación que podría alcanzar el 682% en 2026, lo que diluiría el ingreso de las familias. En este contexto, el presidente Petro ha señalado que una eventual invasión a Venezuela podría desplomar los precios internacionales del crudo, convirtiéndolo en un “monopolio árabe” y afectando a empresas estatales como Ecopetrol. Mientras tanto, Rusia ha asegurado su control sobre campos petroleros venezolanos en el estado Zulia, fronterizo con Colombia, hasta el año 2041, consolidando su influencia en el sector energético del país sudamericano. Nicolás Maduro, por su parte, ha destacado su “confianza profunda, amplia y estable” en sus relaciones con Rusia y China, sus principales aliados frente a la presión de Washington.
Estos actores internacionales juegan un papel determinante, no solo en el sostenimiento económico del régimen, sino también en el equilibrio de poder regional. La tensión en el Caribe, por tanto, no solo es un pulso entre Trump y Maduro, sino una disputa más amplia por la influencia y el control de una de las mayores reservas de petróleo del mundo.













