Una cita resume este sentir popular: “Lo que nos tiene fregados aquí es el aumento del dólar”.
Esta percepción subraya una desconexión entre las prioridades de la ciudadanía y el ajedrez geopolítico que se juega en las altas esferas. La crisis económica, marcada por la hiperinflación y la escasez, sigue siendo el principal desafío para la supervivencia diaria de millones de venezolanos. La organización Cáritas ha advertido que la desnutrición infantil está regresando a los niveles críticos observados en 2016, una señal alarmante del deterioro continuo de las condiciones de vida. Mientras tanto, la diáspora venezolana observa los acontecimientos con una mezcla de esperanza y temor. En el sur de Florida, un importante enclave de la comunidad venezolana, el debate sobre una posible intervención militar estadounidense divide opiniones.
Para algunos, es la única salida viable para derrocar a Maduro, mientras que otros temen las devastadoras consecuencias humanitarias que un conflicto armado podría acarrear para sus familiares y compatriotas en el país.
Esta división refleja la complejidad y la desesperación de una población atrapada entre un régimen autoritario y la amenaza de una intervención extranjera, todo ello enmarcado en una crisis económica que no da tregua.












