Oficialmente, Washington justifica el despliegue como una ofensiva contra el narcotráfico, en línea con la orden del presidente Trump de usar la fuerza militar contra los cárteles, a quienes catalogó como “narcoterroristas”. Sin embargo, analistas y el propio gobierno venezolano interpretan la maniobra como una presión directa contra el régimen de Maduro. Caracas calificó el despliegue como una “amenaza grave” y una “provocación hostil”, respondiendo con la movilización de unos 200.000 militares para ejercicios de defensa y el reforzamiento de sus costas con “armamento pesado y misiles”. La presencia del USS Gerald R. Ford, un buque de última generación capaz de operar durante años sin repostar, junto a otros seis navíos y el apoyo logístico de países como Trinidad y Tobago, envía un mensaje inequívoco del poderío militar estadounidense en la región. La reactivación de la base naval Roosevelt Roads en Puerto Rico y los ejercicios de desembarco anfibio complementan un escenario que mantiene en vilo a la región.