Sin embargo, su reciente y abierto apoyo a la ofensiva militar estadounidense en el Caribe marca un giro drástico en su política exterior.

Este respaldo a las operaciones que Washington califica como antidrogas ha sido interpretado por Venezuela como un acto hostil, deteriorando rápidamente las relaciones bilaterales.

El cambio de postura de Trinidad y Tobago es significativo, ya que demuestra la efectividad de la diplomacia de presión de la administración Trump en la región. Al ganar un aliado en una ubicación geográfica tan estratégica, Estados Unidos no solo aísla más al gobierno de Nicolás Maduro, sino que también fragmenta la cohesión de los países caribeños. Esta nueva alianza subraya la creciente polarización en Latinoamérica, donde las naciones se ven forzadas a tomar partido en un conflicto que va más allá de lo bilateral y adquiere dimensiones geopolíticas cada vez más complejas.