El Gobierno de Estados Unidos ha intensificado sus operaciones militares en el mar Caribe y el océano Pacífico, presentándolas como una ofensiva contra el narcotráfico. Sin embargo, estos ataques letales contra embarcaciones son percibidos por varios actores regionales como una escalada de presión directa contra el gobierno de Venezuela. La administración de Donald Trump ha enmarcado su campaña militar como una “guerra contra las drogas”, dirigida a lo que denomina “carteles terroristas” y “narcoterroristas”. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha sido la cara visible de esta ofensiva, confirmando múltiples ataques letales contra embarcaciones que presuntamente transportaban narcóticos en aguas internacionales. Uno de los mensajes difundidos por Hegseth advertía directamente: “A todos los narcoterroristas que amenazan nuestra patria: si quieren seguir vivos, dejen de traficar drogas. Si continúan traficando drogas mortales, los mataremos”.
Estas operaciones, que comenzaron el 2 de septiembre, han resultado en al menos 18 ataques y la muerte de aproximadamente 70 personas, descritas por algunos medios como una “sangrienta cacería”.
La ofensiva no se ha limitado al Caribe, expandiéndose también a aguas del Pacífico.
A pesar de la justificación oficial, analistas y líderes regionales, como el presidente brasileño Lula da Silva, interpretan este despliegue como una estrategia para presionar al gobierno de Nicolás Maduro. Se argumenta que la verdadera razón no es combatir la cocaína, sino controlar el petróleo venezolano y forzar un cambio de régimen, lo que ha convertido la situación en un punto crítico de debate en foros internacionales como la cumbre CELAC-UE.
En resumenLa campaña militar de Estados Unidos en el Caribe, justificada como una operación antidrogas, ha causado decenas de muertes y es ampliamente interpretada como una táctica de presión militar directa contra Venezuela, exacerbando las tensiones regionales y convirtiéndose en un foco de preocupación diplomática internacional.