Esta demostración de fuerza ha sido interpretada por Caracas y otros actores regionales como una amenaza directa y una provocación que desestabiliza la seguridad del hemisferio. La operación incluye una notable concentración de activos militares, como el crucero lanzamisiles USS Gettysburg y la inminente llegada del portaaviones USS Gerald Ford, el más moderno de la flota estadounidense.

Además, se han modernizado bases en Puerto Rico y las Islas Vírgenes, y se han realizado maniobras de desembarco e infiltración por parte de los Marines. Aviones espía sobrevuelan constantemente la costa venezolana, lo que ha provocado fallas en las señales de GPS en el país. Este despliegue ha generado temor más allá de las fronteras venezolanas; por ejemplo, pescadores en Trinidad y Tobago han expresado su miedo a salir a faenar por temor a ser confundidos con narcotraficantes y ser blanco de ataques. Aunque la Casa Blanca enmarca la operación en su "guerra contra las drogas", el exembajador de EE. UU. en Venezuela, James Story, admitió que "la fuerza militar en el Caribe es demasiado grande y potente como para ser sólo antinarcóticos", sugiriendo que Washington está planeando "algo" más.