Estados Unidos ha ejecutado su mayor despliegue militar en el Caribe desde 1994, una movilización que incrementa significativamente la presión sobre el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela. Esta operación incluye buques de guerra como el crucero lanzamisiles USS Gettysburg, submarinos nucleares, aviones de combate avanzados F-35 y la próxima llegada del portaaviones USS Gerald Ford, el más moderno de la flota estadounidense. Este masivo despliegue se enmarca en la ofensiva de la administración Trump contra el narcotráfico, la cual Washington ha vinculado directamente con el régimen venezolano. La presencia militar no se limita a la navegación; implica también la modernización de bases en Puerto Rico y las Islas Vírgenes, así como constantes maniobras de desembarco e infiltración y vuelos de aviones espía sobre la costa venezolana. La magnitud de la operación ha generado un clima de temor e incertidumbre en la región.
Pescadores en Trinidad y Tobago, por ejemplo, han expresado su miedo a salir a faenar por temor a ser confundidos con narcotraficantes.
A pesar de la demostración de fuerza, que Venezuela califica de "asedio criminal", el presidente Donald Trump ha negado planes de un ataque directo, aunque tampoco ha descartado por completo una intervención terrestre. Esta ambigüedad estratégica mantiene un estado de máxima tensión, donde la intimidación militar se convierte en la principal herramienta de presión, alterando el equilibrio geopolítico y manteniendo a la región en vilo sobre las verdaderas intenciones de Washington.
En resumenEl masivo despliegue militar estadounidense en el Caribe funciona como una herramienta de presión psicológica y estratégica contra el gobierno de Maduro, deteniéndose antes de una invasión directa pero alterando la dinámica geopolítica de toda la región y manteniendo un alto nivel de incertidumbre.