Estas declaraciones, que van más allá de la diplomacia tradicional, forman parte de una campaña de máxima presión psicológica diseñada para desestabilizar al régimen. El senador por Florida, Rick Scott, ha sido una de las voces más duras, llegando a afirmar en una entrevista: “Si yo fuera Maduro, estaría haciendo mis maletas y buscando un avión rumbo a Rusia o China”.

Con un tono amenazante, añadió: “Sus días están contados y algo va a pasar pronto”.

Estas palabras, difundidas ampliamente, buscan sembrar la duda y el temor en el círculo cercano al mandatario venezolano.

Esta estrategia de presión verbal se complementa con las declaraciones de otros legisladores, como el senador Lindsey Graham, quien ha hablado públicamente sobre la posibilidad de que la administración Trump esté evaluando operaciones militares terrestres en Venezuela. Un senador anónimo también reveló a la prensa el “feroz plan” de Trump con los ataques en el Caribe, indicando que las acciones tienen un propósito más amplio que el meramente antinarcótico. Esta ofensiva retórica desde el Congreso estadounidense funciona en paralelo al despliegue militar y las sanciones económicas, conformando una estrategia multifacética que combina la fuerza militar, la presión económica y la guerra psicológica para aislar y debilitar al gobierno de Maduro.