La administración Trump ha enmarcado su masivo despliegue militar en el Caribe como una operación antinarcóticos a gran escala. La justificación oficial de la Casa Blanca es que el objetivo principal es detener el flujo de drogas hacia su territorio, señalando directamente al régimen venezolano como un actor central en el narcotráfico regional y una amenaza para la seguridad nacional estadounidense. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, ha sido enfática al afirmar que “el presidente Trump ha sido claro y consistente en que está preparado para usar todos los elementos del poder estadounidense para detener la inundación de drogas en nuestro país”. Esta narrativa se refuerza con la calificación del gobierno de Maduro como un “cartel narcoterrorista” ilegítimo, lo que legitima, desde la perspectiva de Washington, una respuesta más contundente. La operación se centra en desmantelar las operaciones del presunto “Cartel de los Soles”.
Sin embargo, esta justificación ha sido recibida con escepticismo.
El ministro de Defensa venezolano, Vladimir Padrino López, cuestionó la lógica del despliegue en el Caribe cuando, según cifras de la ONU, “el 90 % de la droga sale por el Pacífico”. Analistas y artículos de opinión sugieren que la lucha contra las drogas es un pretexto para objetivos geopolíticos más amplios, como forzar un cambio de régimen, asegurar el control de los vastos recursos naturales de Venezuela —petróleo y oro— o simplemente proyectar el poder estadounidense en su “patio trasero”.
Esta dualidad entre la narrativa oficial y las posibles intenciones ocultas define el núcleo del conflicto actual.
En resumenAunque la justificación oficial de Estados Unidos es la lucha contra el narcotráfico, la escala y naturaleza del despliegue militar han generado un amplio escepticismo, con muchos analistas y gobiernos interpretándolo como una maniobra geopolítica con el objetivo final de presionar un cambio de régimen en Venezuela.