La insistencia del presidente Gustavo Petro en la necesidad de una Asamblea Nacional Constituyente se ha consolidado como uno de los temas más polémicos y definitorios de su gobierno, proyectándose como un eje central de la campaña electoral de 2026. Esta propuesta, que busca abrir un debate sobre transformaciones estructurales del Estado, es vista por sus defensores como una herramienta para profundizar la democracia y por sus críticos como una amenaza a la institucionalidad de la Constitución de 1991. En su mensaje de fin de año, el presidente Petro reiteró su discurso sobre el “poder constituyente”, afirmando que la ciudadanía debe tener un papel protagónico en las decisiones del país. Esta retórica se alinea con la inscripción formal de un comité ciudadano, impulsado por figuras como el exfiscal Eduardo Montealegre, para recoger firmas y convocar la Constituyente.
Los artículos señalan que el presidente dejó para el año electoral sus medidas más fuertes, incluyendo este proyecto.
La iniciativa genera una profunda división. Mientras el gobierno la presenta como una forma de refrendar el pacto social de 1991 y superar los “falsos dilemas” entre crecimiento económico y justicia social, la oposición la interpreta como un intento de perpetuarse en el poder o de imponer un modelo político afín al “castrochavismo”. El debate se centra en si la propuesta busca enterrar la Constitución de 1991 o, por el contrario, realizar las promesas incumplidas de esta. La Constituyente se perfila no solo como una reforma legal, sino como el campo de batalla simbólico donde se disputarán las visiones de país en las próximas elecciones presidenciales.
En resumenLa Asamblea Constituyente, impulsada por el presidente Petro, se ha convertido en una de las propuestas más polarizantes de cara a las elecciones de 2026. Para el gobierno, es la vía para profundizar el cambio social, mientras que para la oposición representa una amenaza a la estabilidad institucional, asegurando un lugar central en el debate electoral.