El Gobierno Nacional ha puesto en marcha el trámite de una nueva reforma tributaria, denominada Ley de Financiamiento, con la que busca recaudar $16,3 billones para el año 2026. La iniciativa ha desatado un profundo debate en el Congreso de la República y entre diversos sectores económicos, marcando un pulso clave para las finanzas del país. El proyecto es defendido por el Ejecutivo como una herramienta indispensable para cerrar la brecha de financiación del Presupuesto General de la Nación, aprobado en $546,9 billones, y así garantizar la inversión pública y el cumplimiento de la Regla Fiscal. El ministro (e) de Hacienda, Carlos Betancourt, aseguró que no han considerado un plan B en recortes de gasto, ya que la “apuesta decidida” es lograr el aval del Congreso.
Sin embargo, la propuesta enfrenta una fuerte oposición.
Partidos como Cambio Radical, Liberal y Centro Democrático han manifestado su rechazo unificado, argumentando que “el país no necesita más impuestos ni promesas vacías” y que el ajuste fiscal debe provenir de un recorte en el gasto público. A esta postura se suma el gremio empresarial, que advierte sobre los efectos negativos en la inversión y la competitividad. Para buscar consensos, el Gobierno ha realizado ajustes al texto original, que preveía un recaudo de $26,3 billones, y el presidente Gustavo Petro anticipó que se descartarían impuestos a la gasolina y la cerveza. A pesar de estos gestos, el ambiente político sigue siendo adverso y el tiempo apremia, pues el Congreso solo tendría unas cinco semanas de sesiones ordinarias para completar los cuatro debates requeridos, lo que añade un elemento de incertidumbre sobre su aprobación final.
En resumenLa reforma tributaria es una pieza central para la estabilidad fiscal del Gobierno, pero se enfrenta a una considerable resistencia política y sectorial. Su aprobación es incierta debido al poco respaldo en el Congreso y al ajustado calendario legislativo, lo que pone en riesgo la financiación del presupuesto de 2026.