El Gobierno colombiano avanza en la estructuración de una nueva reforma fiscal con el objetivo de recaudar aproximadamente 26 billones de pesos, recursos considerados indispensables para financiar el presupuesto nacional de 2026 y enfrentar el deterioro de las finanzas públicas. La iniciativa surge en un contexto de caída de los ingresos tributarios y un aumento del déficit, que según proyecciones del Comité Autónomo de la Regla Fiscal (CARF) podría alcanzar el 7,8 % del PIB en 2026 si no se toman medidas. La propuesta, que va más allá de un simple proyecto de financiamiento, contempla modificaciones estructurales en el sistema tributario. Entre los cambios que se han mencionado se incluyen ajustes en las tarifas de renta para sectores como el de hidrocarburos, un incremento en los impuestos al consumo de bebidas alcohólicas y cigarrillos, un aumento en la tributación sobre los dividendos del 20 % al 30 % y la posible imposición de un impuesto al patrimonio.
Sin embargo, la iniciativa ha encontrado una fuerte resistencia política. El representante a la Cámara Juan Espinal, del Centro Democrático, calificó la estrategia del Ejecutivo como una “extorsión al Congreso”, argumentando que se busca condicionar la aprobación del presupuesto a la aceptación de mayores impuestos. Según Espinal, “el Gobierno pretende usar el presupuesto como una herramienta de chantaje político.
Si el Congreso no aprueba más impuestos, dicen que no habrá plata para la inversión social”. Adicionalmente, expertos han cuestionado si el proyecto se alinea con los principios constitucionales de equidad, eficiencia y progresividad, advirtiendo que una carga impositiva excesiva podría desestimular el recaudo y afectar a los ciudadanos y la inversión.
En resumenLa reforma fiscal para 2026 se presenta como una medida necesaria para garantizar la estabilidad macroeconómica, pero enfrenta un complejo panorama político y un profundo debate sobre su impacto social y económico, lo que augura una difícil negociación en el Congreso.