Según la Casa Blanca, la operación fue planificada durante meses y se ejecutó con “precisión total”, sin registrar bajas entre las tropas norteamericanas, aunque algunos militares sufrieron heridas leves.

El gobierno venezolano, por su parte, denunció la acción como una “gravísima agresión militar” y declaró el estado de conmoción exterior.

Testigos en Caracas describieron escenas de caos, con explosiones, sobrevuelos de aeronaves a baja altura y apagones parciales. Este evento marca la intervención militar más directa de Washington en la región desde la invasión de Panamá en 1989, reavivando debates sobre soberanía, poder y el rol de Estados Unidos en el hemisferio.

La acción fue justificada por EE.

UU. como un esfuerzo de seguridad nacional centrado en combatir el narcotráfico y el terrorismo.