Mientras Washington busca recuperar su hegemonía en la región mediante una política de presión, Pekín presenta una hoja de ruta para reforzar su influencia, apoyando a gobiernos bajo presión estadounidense. La renovada atención de la administración Trump sobre América Latina, bajo una lógica de control hemisférico, responde en gran medida al avance de China, que se ha consolidado como el principal socio comercial de gran parte de Sudamérica. La nueva estrategia de seguridad nacional de EE. UU. reconoce que “algunas influencias extranjeras serán difíciles de revertir” y busca desincentivar la cooperación latinoamericana con Pekín.
En este contexto, la presión sobre Venezuela se inscribe en una disputa mayor.
Analistas señalan que, más allá de la retórica, el trasfondo de la ofensiva contra el gobierno de Maduro es la seguridad energética de Estados Unidos y el control de los recursos petroleros venezolanos frente a competidores como China.
Pekín, por su parte, ha presentado una estrategia clara para fortalecer su influencia “desde Panamá hasta Venezuela”.
Varios gobiernos de la región, como el de Nicolás Maduro en Venezuela, el de Lula en Brasil y el de Claudia Sheinbaum en México, han “plantado cara al imperio en decadencia”, desafiando la política de Washington y manteniendo lazos con China. Sin embargo, los expertos dudan de la eficacia de la estrategia estadounidense, que se basa principalmente en el poder militar ('hard power'). Según Eduardo Gamarra, de la Universidad Internacional de Florida, “Estados Unidos no puede posicionarse solo con hard power; necesita soft power, inversiones y presencia empresarial, es decir, lo que hacen los chinos”.










