Venezuela ha transitado de una fecunda bonanza petrolera a una crisis devastadora.
Según el Banco Mundial, el país tiene el mismo Producto Interno Bruto (PIB) que tenía hace dos décadas, lo que evidencia un estancamiento absoluto.
Marino Alvarado, un experimentado defensor de derechos humanos, califica la gestión social del gobierno como un “total fracaso” en la lucha contra la pobreza. La combinación de una extrema dependencia del petróleo, las sanciones económicas internacionales y una crisis política prolongada ha sido la fórmula para el desastre.
En el panorama regional, analistas como Manuel Alcántara sitúan a líderes como Nicolás Maduro, junto a Daniel Ortega en Nicaragua y Miguel Díaz-Canel en Cuba, como “sátrapas que se aferran al poder con argucias diferentes que inhiben cualquier expresión libre y soberana de la voluntad popular”. Este ejercicio de poder ha tenido como consecuencia directa el éxodo de millones de venezolanos que han abandonado su país, generando una de las mayores crisis migratorias del mundo. El resultado, después de un cuarto de siglo, es una nación sumida en la desigualdad, la inseguridad y la falta de oportunidades.












