Venezuela se ha convertido en el principal objetivo de esta estrategia, que combina presión militar, sanciones económicas y coerción diplomática. Este retorno a una política de control se manifiesta en una estrategia que, según el exdiplomático Alfredo Toro Hardy, es un regreso “asertivo pero desordenado” a la Doctrina Monroe, cuyo objetivo es “recuperar a la región como esfera de influencia natural de los Estados Unidos”. La designación de Marco Rubio como secretario de Estado reforzó esta agenda, centrada en la seguridad y la confrontación con regímenes no alineados con Washington. La Estrategia de Seguridad Nacional de Trump revela un interés profundo en tomar el control de los recursos de la región, denominados “activos vitales”, y alejar a “competidores no estratégicos” como China y Rusia. En este contexto, Venezuela no es solo un adversario ideológico, sino un objetivo estratégico por sus vastas reservas de petróleo y gas.
La investigadora Irene Mia califica la política de Trump como “insular y cortoplacista”, enfocada casi exclusivamente en amenazas como el narcotráfico y la migración, pero con un trasfondo claro de disputa geopolítica. Para varios analistas, esta renovada atención de Washington redefine el vínculo hemisférico bajo una lógica de presión, alineamiento ideológico y control estratégico, atrapando a América Latina entre la coerción estadounidense y la alternativa económica que ofrece Pekín.












