Este avance, visto por EE.

UU. como una “amenaza estratégica”, está redefiniendo el equilibrio de poder en el hemisferio. Beijing ha fortalecido su presencia a través de un comercio bilateral que superó los 500 mil millones de dólares en 2024, así como con inversiones directas en sectores clave como infraestructura, energía, minería y tecnología. Proyectos emblemáticos como el puerto de Chancay en Perú y fábricas de vehículos en México y Brasil son ejemplos de esta expansión. Recientemente, China publicó una nueva hoja de ruta para la región, la tercera desde 2008, donde reafirma su interés en cooperar en áreas como inteligencia artificial, energías renovables y desarrollo urbano bajo la iniciativa de las Nuevas Rutas de la Seda. Para países como Venezuela, el apoyo de China es fundamental para resistir la presión estadounidense. La estrategia china, basada en un discurso de cooperación Sur-Sur y beneficios mutuos, contrasta con la visión de seguridad y competencia promovida por Estados Unidos, que busca modernizar la Doctrina Monroe para limitar la presencia de lo que considera actores “hostiles” en la región. Esta disputa por la influencia convierte a América Latina en un escenario central de la competencia geopolítica entre las dos mayores potencias del mundo.