La crisis venezolana es un reflejo de las tensiones estructurales del sistema mundial, donde potencias como Estados Unidos, China y Rusia compiten en un escenario de reconfiguración del poder. Desde la perspectiva de la economía política internacional, la extraordinaria riqueza natural de Venezuela es el núcleo de la disputa. El país posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, además de vastos depósitos de gas, oro, hierro y diamantes. Estos recursos son fundamentales para el sistema capitalista global y la seguridad energética de las grandes potencias. La ubicación geoestratégica de Venezuela, con una extensa costa en el mar Caribe, la convierte en un nodo clave para el control de rutas marítimas y la proyección de poder en el hemisferio. En un contexto de “crisis relativa de hegemonía” de Estados Unidos y el ascenso de China, el acercamiento de Caracas a Pekín y Moscú es percibido en Washington como una amenaza directa a sus intereses. China, por su parte, ve a América Latina como un espacio clave para su expansión económica y su proyecto de gobernanza global, mientras que Rusia ofrece respaldo militar y diplomático.

De este modo, Venezuela se ha convertido en un tablero donde se manifiesta la competencia entre el “americanismo” y un bloque emergente que desafía el orden unipolar.