Mientras un nuevo eje de derecha apoya una línea dura, los gobiernos progresistas muestran fisuras en su respuesta. El presidente electo de Chile, José Antonio Kast, se ha posicionado como uno de los principales defensores de una posible intervención estadounidense en Venezuela, argumentando que sería una forma de acabar con una “narcodictadura” que afecta a toda la región. Kast afirmó que, aunque Chile no participaría directamente, “va a contar con nuestro apoyo” cualquier actor internacional que busque terminar con el gobierno de Maduro. Esta postura se alinea con la de otros líderes de derecha como Javier Milei en Argentina y Daniel Noboa en Ecuador, consolidando un bloque que ve con buenos ojos la presión de Washington. En contraste, la posición del presidente colombiano, Gustavo Petro, es descrita como más ambigua. A pesar de haber denunciado el imperialismo en foros internacionales, su enfoque hacia la crisis venezolana es visto como un intento de construir “puentes difusos” con la administración estadounidense, proponiendo una “transición democrática” con amnistías, lo que es interpretado como una concesión que debilita una postura regional unificada contra la agresión externa. Este choque de visiones se hizo evidente en la cumbre del Mercosur, donde las advertencias de Lula sobre una “catástrofe” contrastaron con la celebración de la presión de Trump por parte de Milei.