El mapa político actual muestra una clara fragmentación.

Por un lado, se consolida un “bloque conservador” o “polo ultraderechista” con líderes como Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador y, más recientemente, José Antonio Kast en Chile.

Estos gobiernos comparten una agenda de liberalización económica, disciplina fiscal, control migratorio y un fuerte alineamiento geopolítico con Estados Unidos. Para este bloque, Venezuela representa una “narcodictadura” y una amenaza regional que justifica una política de mano dura y presión internacional.

Por otro lado, persisten gobiernos de izquierda en países como Brasil, Colombia y la propia Venezuela, que defienden modelos de mayor intervención estatal y critican lo que consideran injerencismo estadounidense. Sin embargo, este bloque progresista muestra fisuras en su respuesta a la crisis venezolana y al ascenso de la derecha. Mientras líderes como Gustavo Petro y Nicolás Maduro optan por la confrontación directa, otros como Lula da Silva en Brasil mantienen una postura más moderada y pragmática, priorizando el diálogo y la estabilidad regional. Esta división ideológica debilita los organismos de integración regional como la CELAC y el Mercosur, dificultando la construcción de consensos y reduciendo la capacidad de América Latina para hablar con una sola voz en el escenario global. Venezuela, por tanto, no es solo un país en crisis, sino el símbolo de una “guerra fría” ideológica que define las alianzas y tensiones en todo el hemisferio.