El otorgamiento del Premio Nobel de la Paz 2025 a la líder opositora María Corina Machado ha puesto nuevamente la crisis venezolana en el centro de la agenda global. El galardón es visto como un espaldarazo a la lucha por la democracia y un mensaje de la comunidad internacional contra el gobierno de Nicolás Maduro. Tras 16 meses en la clandestinidad, Machado reapareció en Oslo, Noruega, para recibir el premio, aunque llegó después de la ceremonia oficial, donde su hija, Ana Corina Sosa, aceptó el galardón en su nombre. En su discurso, leído por su hija, y en posteriores declaraciones a la prensa, Machado afirmó que el Nobel es un “reconocimiento al pueblo venezolano” y expresó su esperanza de que el país “volverá a respirar” en libertad. Su salida de Venezuela fue un operativo de alto riesgo en el que, según confirmó, recibió apoyo de Estados Unidos.
El evento ha catalizado la polarización en América Latina.
Mientras líderes de la derecha regional y el expresidente colombiano Iván Duque, presente en Oslo, lo celebraron como una herramienta para consolidar un “cerco diplomático” contra Maduro, mandatarios de izquierda como Gustavo Petro lo desestimaron. Petro calificó a Machado como “una persona despreciable que invita a invadir su propio país”, evidenciando la profunda fractura ideológica en el continente. El Nobel a Machado, a diferencia del otorgado a Juan Manuel Santos en 2016 para respaldar un proceso de paz, premia una confrontación abierta y legitima internacionalmente a la oposición venezolana, otorgándole un aval moral que la posiciona como una figura central en cualquier escenario de transición.
En resumenEl Premio Nobel de la Paz para María Corina Machado le otorga una legitimidad internacional sin precedentes a la oposición venezolana, al tiempo que profundiza la polarización en América Latina. Su reaparición en Oslo y su discurso de esperanza contrastan con las duras críticas de gobiernos de izquierda, que ven el galardón como una injerencia externa.