El Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado ha actuado como un catalizador de la polarización política en América Latina, trazando una clara línea divisoria entre los gobiernos de la región. Lejos de generar un consenso, el galardón ha dinamitado los puentes de diálogo y ha revivido una suerte de “guerra fría” ideológica entre bloques de izquierda y derecha. Por un lado, líderes de la derecha regional como el expresidente colombiano Iván Duque, presente en Oslo, han utilizado el evento para reactivar su agenda de presión internacional contra Nicolás Maduro. Duque calificó el premio como un “mensaje claro de la comunidad internacional” y lo usó para criticar a su sucesor, Gustavo Petro, acusándolo de tener una “relación connivente con Maduro” y de proteger a una “narcodictadura”.
Esta postura busca forzar a los gobiernos a tomar partido, argumentando que o se está con la laureada o con el régimen.
Por otro lado, el “Efecto Nobel” ha arrinconado discursivamente a los líderes de izquierda.
Mientras algunos como Lula da Silva (Brasil) han optado por un silencio diplomático, el presidente colombiano Gustavo Petro ha adoptado una postura frontalmente crítica. Petro calificó a Machado como una “persona despreciable que invita a invadir su propio país”, deslegitimando el galardón como un premio a la intervención extranjera. Para este bloque, el Nobel es visto como una “instrumentalización política” de Oslo para validar un cambio de régimen impulsado desde Washington.
Esta fractura demuestra que la crisis venezolana sigue siendo el principal campo de batalla ideológico del continente.
En resumenEl Nobel de la Paz a María Corina Machado ha profundizado la división política en América Latina, consolidando dos bloques antagónicos. Mientras la derecha lo celebra como una herramienta para aislar a Maduro, la izquierda lo denuncia como una maniobra intervencionista, eliminando el terreno neutral y dificultando cualquier salida negociada a la crisis venezolana.