Esta movilización, que incluye al portaviones USS Gerald R. Ford, más de una docena de buques de guerra y unos 15.000 soldados, representa la mayor concentración de fuerza naval en la región en décadas y ha encendido las alarmas sobre una posible intervención directa. Oficialmente, la Casa Blanca justifica la operación como una misión antidrogas para detener el flujo de narcóticos hacia Estados Unidos.

En el marco de esta misión, se han ejecutado al menos 21 ataques con misiles contra embarcaciones presuntamente vinculadas al narcotráfico, resultando en 83 muertes.

Sin embargo, el gobierno de Nicolás Maduro percibe este despliegue como una “amenaza” directa y una estrategia para forzar un cambio de régimen.

El propio Maduro ha asegurado que “no van a poder con Venezuela” y ha ordenado ejercicios militares para preparar la defensa del país. La magnitud de la fuerza desplegada, que según algunos informes representa el 20% del poderío naval estadounidense movilizado en el mundo, ha llevado a analistas y a algunos líderes regionales, como el presidente brasileño Lula da Silva, a expresar una “profunda preocupación” por el riesgo de que un incidente desencadene un conflicto armado en Sudamérica. La administración Trump, por su parte, sostiene que la operación busca garantizar que el hemisferio “no será controlado por narcoterroristas”, mientras funcionarios del Pentágono afirman que la segunda fase de la operación es inminente, manteniendo a la región en un estado de máxima alerta.