La consolidación del eje estratégico entre Rusia y China se ha convertido en uno de los pilares del nuevo equilibrio internacional, actuando como un contrapeso a la hegemonía estadounidense. Esta alianza, fortalecida durante 2025, no es una convergencia ideológica, sino una estructura de contención pragmática que redefine el contexto geopolítico de la guerra en Ucrania y el surgimiento de un orden multipolar. La relación se fundamenta en la geografía, con una frontera de más de 4.000 kilómetros, y en lecciones históricas como la ruptura sino-soviética, que enseñó a ambos que “cuando los vecinos se enfrentan, el principal beneficiario suele ser un tercero”. En términos materiales, la alianza se ha cimentado en un comercio bilateral récord y en una cooperación energética crucial, con los gasoductos ‘Power of Siberia’ como pieza central.
Las sanciones occidentales contra Rusia no lograron aislarla, sino que aceleraron su giro hacia Asia, fortaleciendo la interdependencia con Pekín.
Políticamente, esta cooperación se articula a través de plataformas como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái.
Los analistas señalan que este eje no busca exportar una ideología, sino que funciona como una “estructura de contención” frente a un sistema unipolar, lo que resulta atractivo para otros países del Sur Global que buscan alternativas al dominio occidental.
En resumenLa alianza estratégica entre Rusia y China se ha fortalecido como un contrapeso a la hegemonía de EE. UU., basada en la cooperación económica y energética, y redefiniendo el orden geopolítico global en el contexto de la guerra de Ucrania.