Moscú mantiene el control sobre aproximadamente el 20% del territorio ucraniano, pero sus progresos son lentos y costosos, mientras Kiev resiste con un fuerte respaldo internacional, aunque al borde del colapso económico. Las disputas territoriales, especialmente sobre las regiones orientales del Donbás, siguen siendo el principal obstáculo para la paz.
En las negociaciones, Rusia continúa exigiendo el control total de estas áreas, a pesar de no dominarlas completamente en el terreno.
Esta demanda es inaceptable para Ucrania, que busca restaurar su integridad territorial.
El presidente Zelenski ha planteado la posibilidad de un referéndum o una votación parlamentaria para decidir el futuro del Donbás, una propuesta que busca una solución democrática al conflicto.
Sin embargo, la postura de Moscú se ha mantenido inflexible.
El presidente Trump, tras una llamada con Putin, confirmó que el líder ruso “siente que están luchando y que detenerse ahora, para luego tener que reanudar el conflicto, es una posibilidad que no quiere enfrentar”.
Esta mentalidad de guerra prolongada define la naturaleza del conflicto, donde las ganancias territoriales son limitadas y las pérdidas humanas y económicas son masivas para ambos bandos, perfilando un enfrentamiento a largo plazo con profundas implicaciones para la geopolítica global.











