En una aparente contradicción con los diálogos de paz en curso, Rusia lanzó uno de los ataques más intensos contra Kiev y otras regiones de Ucrania en la víspera de la reunión entre los presidentes Trump y Zelenski. Esta ofensiva masiva con drones y misiles ha sido interpretada por Ucrania como una muestra de que Moscú no tiene una voluntad real de poner fin a la guerra. El ataque, ocurrido en la madrugada del 27 de diciembre, involucró el uso de aproximadamente 519 drones y 40 misiles, según la Fuerza Aérea de Ucrania. Las consecuencias fueron devastadoras: en Kiev, el alcalde Vitali Klitschko reportó al menos una persona fallecida y 28 heridos, además de un incendio en un edificio. A nivel nacional, el bombardeo dejó a miles de hogares sin electricidad en medio de bajas temperaturas. El Ministerio de Defensa de Rusia afirmó que los objetivos eran instalaciones militares e infraestructuras energéticas utilizadas por las Fuerzas Armadas de Ucrania.
Sin embargo, el presidente Zelenski condenó la ofensiva, declarando que con esta acción, Moscú “no quiere poner fin a la guerra (...).
Busca cualquier excusa para causar mayor sufrimiento a Ucrania e incrementar la presión”.
Estos bombardeos, ocurridos mientras Rusia pasaba el fin de semana atacando diversas ciudades, subrayan la brutalidad del conflicto en el terreno, contrastando fuertemente con el lenguaje diplomático empleado en las conversaciones de alto nivel.
En resumenLa escalada de ataques rusos sobre la capital ucraniana justo antes de una cumbre crucial por la paz demuestra la compleja dinámica del conflicto, donde las acciones militares en el terreno contradicen los supuestos avances diplomáticos. Para Kiev, estos actos socavan la credibilidad de las intenciones de paz de Moscú.