Actualmente, Moscú controla aproximadamente el 20 % del territorio ucraniano, consolidando su dominio en el este y sur del país.
Sin embargo, sus ganancias territoriales son limitadas y se logran a costa de pérdidas masivas.
Por su parte, Kiev resiste con tenacidad, pero se encuentra al borde del colapso económico, dependiendo casi por completo del respaldo financiero y militar internacional para sostener su defensa y el funcionamiento del Estado. La situación en el frente se caracteriza por una lucha de trincheras y artillería que recuerda a los conflictos del siglo XX, donde cada metro de terreno se disputa con ferocidad. Esta guerra de desgaste no solo tiene un impacto devastador en el campo de batalla, sino que también está marcando profundamente a la sociedad ucraniana, con millones de desplazados y una infraestructura crítica sistemáticamente destruida por los ataques rusos. El conflicto se perfila como un enfrentamiento a largo plazo que está sentando un nuevo y sombrío precedente para la seguridad y la geopolítica en Europa.













