En una calculada demostración de fuerza, Rusia lanzó una ofensiva masiva con drones y misiles contra Kiev y otras regiones de Ucrania, horas antes de la crucial reunión entre los presidentes Volodímir Zelenski y Donald Trump en Florida. El ataque, uno de los más intensos desde el inicio de la guerra, fue interpretado como un intento de Moscú por presionar a Ucrania y negociar desde una posición de ventaja. Según la Fuerza Aérea de Ucrania, la ofensiva incluyó cerca de 519 drones y 40 misiles dirigidos contra instalaciones militares e infraestructuras energéticas.
Los bombardeos causaron estragos en la capital: el alcalde Vitali Klitschko reportó al menos una persona fallecida y 28 heridos, además de un incendio en un edificio. La primera ministra, Yulia Sviridenko, confirmó que miles de hogares quedaron sin electricidad, agravando la situación humanitaria en medio de bajas temperaturas. El Ministerio de Defensa ruso afirmó que sus objetivos eran legítimos y estaban vinculados a las Fuerzas Armadas de Ucrania.
El presidente Zelenski condenó la agresión, declarando que con esta acción, Moscú demuestra que “no quiere poner fin a la guerra” y “busca cualquier excusa para causar mayor sufrimiento a Ucrania”.
Esta estrategia de escalar militarmente justo antes de diálogos diplomáticos es una táctica recurrente de Rusia para debilitar la moral ucraniana y su postura en la mesa de negociación.
En resumenLa brutal ofensiva rusa previa a la cumbre diplomática subraya la estrategia de Moscú de combinar la agresión militar con el diálogo. Los ataques deliberados a la infraestructura civil y energética no solo causaron víctimas y daños severos, sino que también evidenciaron la falta de compromiso de Rusia con una desescalada real, a pesar de las conversaciones de paz en curso.