Este desgaste es palpable en el pesimismo que reina en ciudades liberadas como Bucha y en el trauma que arrastran sus soldados. Los reportes describen una atmósfera de “cansancio y pesimismo” en Bucha, localidad que fue escenario de algunos de los peores crímenes de guerra cometidos por Rusia. La visita a los cementerios y el recuerdo de las atrocidades marcan la vida diaria de sus habitantes, quienes expresan desesperanza ante la continuidad del conflicto. En paralelo, ha surgido una iniciativa para abordar las heridas invisibles de los combatientes. El Monte Athos, un centro espiritual ortodoxo en el norte de Grecia, se ha convertido en un refugio inesperado para soldados ucranianos. En este lugar sagrado, hombres marcados por traumas profundos encuentran un respiro del frente, un espacio para “reconstruirse a través de la fe y aliviar sus heridas invisibles antes de volver al combate”. Estas historias ponen de manifiesto el impacto humano a largo plazo de la guerra, que va más allá de las bajas militares y la destrucción material, afectando la salud mental de toda una generación.