En los últimos días, se han reportado bombardeos devastadores en varias regiones del país. Uno de los más letales ocurrió en Ternópil, en el oeste de Ucrania, donde un ataque con misiles dejó un saldo de entre 26 y 31 personas muertas, incluyendo tres niños y una familia entera, y casi 100 heridos. Este fue calificado como el golpe más mortífero en esa región desde el inicio de la invasión.

La capital, Kiev, también ha sido blanco de ataques nocturnos con misiles y drones, que han dejado al menos seis muertos y han afectado zonas residenciales. Otras ciudades como Járkiv, Dnipro y localidades en la región de Sumy también han sufrido los embates rusos.

Paralelamente, Rusia afirmó haber derribado cerca de un centenar de drones ucranianos en su territorio. Esta escalada de violencia se produce en un momento crucial para las negociaciones de paz, lo que muchos interpretan como una estrategia de Moscú para presionar a Ucrania en la mesa de diálogo y demostrar su capacidad militar. Los ataques constantes contra la población civil no solo agravan la crisis humanitaria, sino que también ensombrecen las perspectivas de un alto el fuego, mostrando la enorme distancia que existe entre las conversaciones diplomáticas y la crueldad de la guerra.