Este dinamismo se tradujo en una derrama económica significativa que benefició a toda la cadena de valor del turismo: hoteles, hostales, restaurantes, transportistas, lancheros, guías y vendedores informales vieron un respiro financiero. Destinos icónicos como el Parque Tayrona, Minca, Taganga y El Rodadero estuvieron colmados, reflejando la fortaleza de la oferta turística de la ciudad que combina naturaleza, cultura y playa. Sin embargo, mientras la economía local celebraba, la infraestructura urbana mostraba su peor cara.

La alta concentración de personas expuso las deficiencias del sistema de aseo y alcantarillado. Varios sectores turísticos y residenciales sufrieron por la acumulación de basuras, generando malos olores y una percepción negativa. La empresa Atesa, responsable de la recolección de residuos, fue objeto de fuertes críticas por su aparente falta de capacidad operativa para manejar el aumento de desechos. Este contraste entre un destino atractivo y unos servicios básicos deficientes plantea un serio desafío para la sostenibilidad del modelo turístico de Santa Marta, cuya reputación podría verse afectada si no se abordan estas problemáticas estructurales que impactan tanto a residentes como a visitantes.