El régimen iraní atribuye el descontento social, originado por la difícil situación económica y la hiperinflación, a una conspiración orquestada por sus principales adversarios geopolíticos.

Al culpar a agentes externos, Teherán busca deslegitimar las protestas y consolidar el apoyo interno frente a lo que describe como una agresión extranjera.

La tensión se ha intensificado con las declaraciones del presidente estadounidense, Donald Trump, quien advirtió que Washington “acudirá al rescate” de los manifestantes si el gobierno iraní continúa con la represión letal.

Esta advertencia podría ser interpretada por Irán como una confirmación de la injerencia estadounidense en sus asuntos internos. La situación refleja la dinámica del prolongado conflicto encubierto entre Irán e Israel, donde la inestabilidad interna de uno de los países es frecuentemente vinculada a las acciones del otro, utilizando la crisis doméstica como un nuevo frente en su rivalidad regional.