Un elemento central que agrava la inseguridad es la llamada “línea amarilla”.

Esta demarcación, establecida por el ejército israelí, separa teóricamente una zona segura del 53% del territorio que permanece bajo control militar.

Sin embargo, los testimonios de los residentes la describen como una “pesadilla”, una frontera vaga, casi invisible y que se mueve constantemente sin previo aviso. Esta ambigüedad genera un estado de ansiedad permanente, ya que los civiles nunca están seguros de si se encuentran en una zona permitida o en un área de riesgo. La falta de claridad de esta línea no solo restringe la movilidad, sino que también subraya la naturaleza del control israelí sobre el enclave, manteniendo a la población en un estado de incertidumbre y vulnerabilidad incluso en un período de relativa calma bélica.